
TITULO ORIGINAL We Own The Night
AÑO 2007
DURACIÓN 117 min.
PAÍS USA
DIRECTOR James Gray
GUIÓN James Gray
MÚSICA Wojciech Kilar
FOTOGRAFÍA Joaquín Baca-Asay
REPARTO Joaquin Phoenix, Mark Wahlberg, Robert Duvall, Eva Mendes, Danny Hoch, Alex Veadov, Oleg Taktarov, Dominic Colon, Joe D'Onofrio
PRODUCTORA Universal Pictures / 2929 Productions / Industry Entertainment
Me gustaría comenzar esta crítica haciendo una pequeña reflexión sobre las filias y las fobias cinematográficas que –en demasiadas ocasiones, de manera inexplicable- padecemos algunos cinéfilos. En mi caso y durante muchos años, he de confesar la animadversión enfermiza que sentí hacia tres actores; a quienes, aun reconociendo su talento, llegué a encasillar en la categoría terrible de “filmografías absolutamente prescindibles”. Pasada la ofuscación, intenté darles otra oportunidad y, para ello, decidí “estudiar sus casos”, alcanzando una curiosa conclusión. Todos, en algún momento, habían traspasado las pantallas, superado los personajes que interpretaban y dejado de ser actores, para convertirse en seres humanos que reunían las peores maldades de la especie. Había que ser muy mala persona –o muy buen actor- para encarnar los ojos de la ira, las lágrimas de la rabia, la sonrisa de la envidia, los puños de la venganza de un ambicioso y destructivo emperador romano, como lo había hecho Joaquin Phoenix en Gladiator. El actor, fiel a su principio de “considerar cada nuevo personaje como el más importante de su carrera, para luego olvidarse de él”, quizás nunca haya reparado en el hecho de que esa fase de olvido no es posible para el espectador.

Entendida y superada la fobia; en el lado opuesto, se encuentran los actores por quienes sentimos auténtica debilidad, es posible que también motivada por el inconsciente recuerdo de los personajes a los que dieron vida. ¿Cómo permanecer indiferentes ante la irresistible personalidad del “capullo íntegro” de Los Infiltrados de Scorsese?. El fundador de la Mark Wahlberg Youth, un refugio que ampara a los niños y adolescentes de los barrios más desfavorecidos, es único para transmitir una ternura infinita. Si unimos dos caracteres tan opuestos que, según las palabras del director, son “la pasión por el trabajo de John Garfield y el conflicto interno de Montgomery Clift a punto de estallar”, nos encontramos con dos de las colaboraciones más interesantes y fructíferas del cine contemporáneo: La Otra Cara del Crimen y la película que hoy comentamos.

La noche es Nuestra es un apasionante thriller policial que cuenta con un equilibrio perfecto entre dramatismo y acción. Con toda justicia, se puede hablar de su director, James Gray, como el último de los clásicos. Su gusto por la filmografía de Visconti; la tendencia mostrada hacia la humanidad y la sinceridad que desprende el neorrealismo italiano; la observación continua de los designios insalvables del destino, herencia de los maestros japoneses de los años cincuenta; y el brutalismo americano, sin concesiones, de los setenta, se encuentran presentes en toda su filmografía. En esta historia, además, se propone una personal revisión del Enrique IV de Shakesperare; el hombre que ha de abandonar su vida despreocupada por el reclamo ineludible que marcan los acontecimientos.
Con una factura impecable, una excelente planificación de cada secuencia y un exquisito mimo de atrezo, La Noche es Nuestra nos deja una de las persecuciones de coches más escalofriantes de los últimos tiempos, que incluye una escena inspirada en Vivir y Morir en Los Ángeles de William Friedkin, y en la que será difícil olvidar la insistente amenaza del limpiaparabrisas sobre los cristales.
Desde el plano de apertura, con la exposición de una serie de fotogramas en blanco y negro que orientan sobre la batalla campal en la que se convirtió Nueva York a finales de los años ochenta; pasando por el plano cenital que revolotea sobre una exótica discoteca, que sintetiza la sensación de “no reparar en las consecuencias” que caracterizó esta década; los signos de maestría cinematográfica son constantes.
Destacamos la forma de plasmar el distanciamiento inicial que relaciona al personaje central con su familia, con una cámara que, sin implicar al espectador, siempre observará a los actores, en línea recta, desde la lejanía; los precisos retimes que se establecen en los dosificados momentos culminantes del metraje; el acertado e imperceptible flashback con que se resalta uno de los aspectos más relevantes de un guión sólido de notable ejecución; el impresionante retrato de ambientes; la supervisión musical que mezcla temas emblemáticos de Blondie o David Bowie con la partitura de Wojciech Kilar, autor de la mítica banda sonora de El Piano; la textura discreta de una brillante fotografía; y la impresionante labor de un elenco tocado por el estado de gracia de una envidiable dirección de actores.

Sin embargo, al contemplar el resultado final, fácil es dejarse invadir por la sensación de discontinuidad, de grandes obras aisladas que, -por sí mismas y alejadas del todo que las contiene-, presentan planteamiento, desarrollo y desenlace de resolución precipitada; de un cúmulo de cortometrajes que podrían haber sido separados del resto del metraje para ser introducidos en un argumento similar. Puede que el error se encuentre en el hecho de saber que ésta es una película arquetípica de su género; que se deba a un montaje que no estuvo a la altura del resto del equipo; o que dé cumplimiento a la posibilidad que niega la existencia de la perfección.

















