lunes, 25 de agosto de 2008

BAJA POR MATERNIDAD

Bueno, pues casi sin aliento, vengo a despedirme de vosotros.
Ojalá os supiera sorprender con uno de esos discursos que parecen haber sido escritos en lo más profundo del alma y logran conmover a quienes los leen, pero ya sabéis de mi torpe aliño indumentario, que dijera Machado; de mi estilo, a veces, aséptico y siempre directo al escribir. Fiel al mismo (los años pesan demasiado como para intentar cambiar), os digo que me siento pletórica de entusiasmo, algo (bastante) nerviosa, y tremendamente ilusionada por mi próxima maternidad.

Por fin, tras un parto interminable de gestiones burocráticas, las buenas nuevas del otro lado del Atlántico llegaron el 14 de Agosto, y la inversión de felicidad iniciada años atrás se pudo materializar. Mañana partimos hacia el Nuevo Mundo, y el día 28 nos reunimos con nuestro hijo. Después, tras una última odisea de papeleo (cosa de na lo de Ulises) para darle la nacionalidad española al peque, volvemos a casa por Navidad (jajajaja, que es broma); volveremos sobre el 30 de septiembre.

Me marcho con una espinita clavada, que es la de no haber podido compartir comentarios cinéfilos con vosotros durante las últimas semanas; pero, de verdad os digo que, aun siendo "Funcionaria del Estado Español" como dicen mis hermanos de Latino América cuando tienen que plasmar en documentos oficiales mi profesión; aun habiendo tramitado todo tipo de expedientes en 20 años de servicio, jamás -y esto quiere decir JAMÁS- me había enfrentado a un proceso tan angustioso; posiblemente debido a la comprensible, lógica e ineludible implicación emocional.

Sea como fuere, Alan ya es nuestro, y ya me encargaré yo de inculcarle ese amor desmedido que siento por el cine, tanto como de explicarle que los sinónimos de la palabra "adoptado" son Buscado, Pleiteado; Anhelado, Deseado, Esperado, Amado; y no otros.

Echaré de menos el blog (mi blog) en el que tantas sonrisas me habéis dibujado cada mañana mientras trabajo. Echaré de menos la agradable y, a veces, laboriosa tarea de escribir críticas. Pero, sobre todo, os echaré de menos a TODOS y cada uno de vosotr@s.

Miles de Besos.
Nos vemos en Octubre.
M.I.

miércoles, 6 de agosto de 2008

LA MOMIA: LA TUMBA DEL EMPERADOR DRAGÓN.

La ambiciosa coproducción avalada por Alphaville Films, de impresionante dirección artística e impagable diseño de producción, se pierde entre un montaje disperso, una filmación confusa y un guión enlatado que nada aporta al género de aventuras, sepultando en terracota el carisma de unos personajes que hicieron soportable la saga.



TITULO ORIGINAL The Mummy: Tomb of the Dragon Emperor (The Mummy 3)
AÑO 2008
DURACIÓN 114 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Rob Cohen
GUIÓN Alfred Gough, Miles Millar
MÚSICA Randy Edelman
FOTOGRAFÍA Simon Duggan
REPARTO Brendan Fraser, Maria Bello, Luke Ford, Jet Li, Michele Yeoh, John Hannah, Russell Wong, Isabella Leong, Anthony Wong Chau-Sang, Albert Kwan, Tian Liang
PRODUCTORA Coproducción EEUU-Alemania-Canadá; Alphaville Films


Para no llevar sobresaltos en la excavación de la tumba del emperador dragón, conviene saber que no encontraremos entre los miembros de su equipo a la embarazadísima (¡hay que ver lo que gusta ese término a los comentaristas de los Oscars!) Rachel Weisz, quien, tras recoger el suyo, decidió olvidarse del asunto. De igual manera, habremos de desaprender lo aprendido en egiptología (que tampoco fue mucho) para emprender aventura en La China milenaria y, respetuosos siempre con su Historia -máxima preocupación de la productora, que queda resuelta al contar una nueva historia del Rey Escorpión-, tendremos buen cuidado en no cometer el error de intentar buscar referencias en momias cinematográficas serias, como empiezan a hacer los llamados medios especializados, se supone que de cine. Vamos, que yo me creo el baturrillo que se montan las brujas anglosajonas con ínfulas orientales, las batallas campales salidas de La Bruja Novata, los hijos que superan en edad a sus padres (tipo Alejandro Magno de Stone), y hasta las escenas de yetis que luchan contra cosas de tres cabezas, pero no paso por comparar las Sommers-Momias (en cine, dícese de las películas escritas y dirigidas por Stephen Sommers) con las que llegaron de la mano de Karl Freund en 1932 o de Terence Fisher en 1959. Aquéllas helaban la sangre con el único efecto especial de una mirada que aparecía iluminada, mientras que éstas se decantan por una competición perdida contra el famoso arqueólogo Jones.



Sentadas las bases, también conviene tener en cuenta que la saga cambia de director, y que nadie está más familiarizado con dragones que Rob Cohen, por aquello de Dragón: la vida de Bruce Lee en 1993 o Corazón de Dragón en 1996; culpable directo de que una servidora sienta pánico en los túneles y del vértigo producido por las sucesivas avalanchas en el Himalaya, que todavía me marean. Y es que eso del sistema de multi-cámaras que inventara Akira Kurosawa, imprescindible en el cine contemporáneo; mezclado con el stop-motion que tanto gusta a gente como Tim Burton; aderezado con los inmortales retimes que apasionaban a Sam Peckinpah; y culminados con unos efectos especiales generados por ordenador, cuya explicación ocupa 37 páginas de las que deben de ser las notas de producción más largas desde Lo que el Viento se Llevó, están muy bien siempre que se consiga ver algo en la pantalla, evitando la sensación de confusión continua que el cineasta consigue desencadenar en las más álgidas escenas de acción de esta película. Filmación difusa, alimentada por un montaje disperso y un guión encaminado a sepultar el carisma de los personajes que, en otras historias, hicieron soportable la saga.



Curiosamente, a nivel de guión, la parte “histórica” (ya dijimos que son sumamente respetuosos con la tradición china), resulta impecable en su planteamiento inicial y, con diferencia, la más atractiva del metraje; no por original, ya que en ella sólo falta apuntar que los asesinos a sueldo de la Antigüedad eran los arcadios, sino por la limpieza y concisión de su estructura narrativa. Por el contrario, el desarrollo del que debería ser el verdadero nudo de la trama, la zona argumental que afecta a los personajes centrales y sirve de unión entre las distintas etapas de la primera, sólo consigue ralentizar –que no sosegar- el relato, en medio de una eterna lucha generacional (¿parecido sospechoso con La Última Cruzada?), de moribundos que requieren del pozo de la vida eterna para su salvación (parecido sospechoso con La Última Cruzada), con chistes sin gracia (queda excluida la vaca) y espectaculares trampas mortales que, -como debe ser-, sólo alcanzan a los nativos buenos que les acompañan. Irrisoria e insufrible en su tramo final, los guionistas empiezan a enredar en el reparto de tareas, restando importancia a los actores secundarios sobre los que recae la totalidad del peso de la historia, para acentuar los papeles de unos protagonistas que no terminan de encajar en el conjunto, con aportaciones prescindibles en las tres cuartas partes del filme. Destacables, en todo caso, son las interpretaciones femeninas, tanto como la de John Hannah, único rescatador del aburrimiento en el que desembocan las ridículas escenitas familiares; que contrastan con un Brendan Fraser momificado y un empanadísimo adalid del antimorbo Luke Ford.



Con un encomiable diseño de producción y un impresionante derroche en la dirección artística, responsables de la recreación de parajes de ensueño, escenarios chino-macro-faraónicos y de la correctísima ambientación del Londres de posguerra, nos quedamos con la convicción de que alguna cosica de Im-Ho-Tep se debieron de quedar el vividor y la bibliotecaria para habitar en semejante residencia británica, de que “hay algo romántico en vencer a los no-muertos”, y de que la cuarta entrega debería contar con una nueva protagonista como Isabella Leong, sólo con Isabella Leong.

lunes, 4 de agosto de 2008

ELEFANTES EN LA PARED

"Elefantes en la Pared" es el título de una serie de cartas que nacen en el corazón de una madre que todavía no conoce a su hijo, en una larga espera que se torna un embarazo de elefanta.
En un principio, pensé que, al contener importante información sobre el proceso de adopción, estas cartas podrían ser editadas y divulgadas, con la finalidad de ayudar a otras madres en la misma situación.
Finalmente, he llegado a la conclusión de que, al ser éstas un conjunto de sentimientos personales e intransferibles, deberán llegar en su estado original a su verdadero y único destinatario, quien, algún día, sabrá qué hacer con ellas.
No obstante, y con la finalidad de ser útil a otras parejas (qué no hubiéramos dado nosotros por una ayuda así), proporcionaremos toda la información con la que contamos en los lugares especializados, al final de nuestra aventura en el Nuevo Mundo.

miércoles, 16 de julio de 2008

POSDATA: TE QUIERO

Como la vida misma. Muchas lágrimas y risas, buena música y mejor cine en una comedia romántica agridulce y atípica, grandiosamente interpretada por Hilary Swank.



TITULO ORIGINAL P.S., I Love You
AÑO 2007
DURACIÓN 126 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Richard LaGravenese
GUIÓN Richard LaGravenese, Steven Rogers (Novela: Cecelia Ahern)
MÚSICA John Powell
FOTOGRAFÍA Terry Stacey
REPARTO Hilary Swank, Gerard Butler, Lisa Kudrow, Harry Connick Jr., Gina Gershon, Jeffrey Dean Morgan, Kathy Bates
PRODUCTORA Alcon Entertainment / Grosvenor Park Productions / Wendy Finerman Productions.


El obsequio de gran parte de un número musical interpretado por Judy Garland para Ha Nacido Una Estrella de George Cukor, es tan sólo una muestra de los múltiples guiños cinéfilos que contiene esta comedia romántica atípica, y un gesto que no sorprende viniendo del director de A Decade under the Influence, el documental que recogió la importancia de los años setenta en el mundo del cine, con protagonistas de lujo como Martin Scorsese, Sidney Lumet, Robert Altman, Milos Forman o Sydney Pollack entre otros grandes cineastas, que supieron convencer a las productoras de lo que el cine necesitaba en ese momento, “aunque ellos no lo tuvieran tan claro”, como más tarde confesara Coppola.

El color azul del vestido de Judy y el tinte arrebolado de sus candorosas mejillas, contrastan con el primer plano en blanco y negro de unos zapatos poderosos que, en cámara ascendente y bajo un aparatoso sombrero, (ya sabemos de dónde extrajo James Cameron la espectacular presentación de Kate Winslet en Titanic), descubren el rostro clásico inconfundible de la que muchos consideran la más grande de todos los tiempos. “¿Por qué no puedo ser como Bette Davis?”, se pregunta la protagonista en medio de la desesperación, sabiendo o no que desde que John Cromwell supo que era “la mala” en Cautivos del Deseo, la totalidad de sus personajes tuvieron la grandeza de traspasar la pantalla, superando no sólo a la persona, a la película que los contenía o a la actriz, sino también al mito. Sabiendo o no que mucha de esa grandeza, de esos personajes con vida propia, se encuentran en sus caracterizaciones. Y es que sufrimos con Hilary Swank, reímos cuando ella está contenta, dejamos de respirar si se ahoga. Demasiada actriz, quizás, para una película tan injustamente tratada por la crítica.



Nada es casual ni queda vacío en el conjunto de Posdata: Te Quiero. Cada una de las referencias cinematográficas que se insertan, quedan unidas a la personalidad del personaje central, conducen su destino o anticipan los acontecimientos, rodeadas de la buena música que configura la banda sonora existente en la trayectoria vital de todo ser humano. (En este sentido, es una condena para el público español haber traducido algunas de esas canciones, que suenan a gloria en inglés). El problema es que nadie se espera un producto como éste, con un argumento que deambula entre el plano cómico de No me Mandes Flores de Norman Jewison, el plano dramático de Mi Vida sin Mí de Isabel Coixet, y el plano romántico de Ghost de Jerry Zucker, para alcanzar un insólito equilibrio difícil de asimilar y felizmente coronado en la ejecución que apuesta por imperceptibles y prolongados falshbacks (uno de sus mejores aciertos) que alternan pasado y presente, y son introducidos por la precisa voz en off procedente de las cartas de ultratumba. Todas ellas, técnicas recurrentes en cine, mal utilizadas de manera sistemática en los últimos tiempos, y sabiamente aplicadas en esta cinta, al haber encontrado el formato exacto que la historia requería.



Si se decide obviar el fino, irónico e inteligente sentido del humor que desprende su guión, es posible que resulte fastidiosa –casi escandalosa- la idea de un marido muerto que sigue controlando la vida de su joven viuda, indicándole cómo ha de vestir, dónde veranear, a qué fiestas asistir o cuándo volverse a enamorar; tanto como la terrible actitud paternalista del marido que, suponiendo perdida a su esposa durante su ausencia, sienta la necesidad de prolongar su estancia en la Tierra. Sin embargo, sería una equivocación enfocar el resultado desde esa perspectiva peregrina, para llegar a la conclusión errónea de un filme que claramente aboga por la eterna lucha de géneros o incluso el “mal lugar” en el que queda la mujer en la comedia contemporánea. No van las pistas por esos derroteros, ni es ésa la esencia del relato creado por una joven irlandesa de veintiún años, por lo que todos esos aspectos no dejan de ser simpáticas anécdotas, graciosas metáforas que desarrollan las distintas etapas del sentimiento de pérdida que siguen a la muerte de un ser querido: desde el más absoluto de los abandonos hasta la fortaleza que tuviera aquella señora de Norman Maine.



Tras un torpe comienzo que incluye una interminable escena doméstica, de doce páginas de guión, difícil de digerir por su pretensión convencional; un funeral indescriptible en el que se dan situaciones disparatadas que dejan descolocado al más escéptico; y un atisbo de falsa lentitud en el ritmo narrativo e inverosímil composición de personajes; la historia termina ofreciendo aquello que no promete: profundidad, plasmada en unos diálogos aparentemente intrascendentes, ocultos en un carrusel de emociones emergentes, pero contundentes en sus conclusiones.

Y, en medio de ese mar de sensaciones, fácil es percibir la angustia de la inmensa gama de tonos que adquiere el color gris, sabiendo qué posdata dedicar a la persona con la que, quizás por discutir mejor, decidimos compartir nuestra vida. Sencillamente, perfecta.

miércoles, 9 de julio de 2008

LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL PRÍNCIPE CASPIAN

Rara vez segundas partes fueron tan buenas. Notablemente superior a ‘El León, la bruja y el armario’, con ‘El Príncipe Caspian’ se inicia la magia en Narnia, y el cine encuentra una importante muestra del mejor género juvenil épico y de aventuras.



ADVERTENCIA IMPORTANTE: Al adentrarse en Narnia, el tiempo que conocemos se congela. Por ese motivo, sus 144 minutos de metraje se antojan un suspiro.

TITULO ORIGINAL The Chronicles of Narnia: Prince Caspian
AÑO 2008
DURACIÓN 144 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Andrew Adamson
GUIÓN Andrew Adamson, Christopher Markus, Stephen McFeely (Novela: C.S. Lewis)
MÚSICA Harry Gregson-Williams
FOTOGRAFÍA Karl Walter Lindenlaub
REPARTO Ben Barnes, William Moseley, Skandar Keynes, Anna Popplewell, Georgie Henley, Sergio Castellitto, Alicia Borrachero
PRODUCTORA Walden Media / Walt Disney Pictures / Stillking Films


Cuesta creer que la primera parte de Las Crónicas de Narnia llegara a gustar a alguien que ya haya perdido su último diente de leche. Las productoras, quizás motivadas por una absoluta fidelidad al original literario, cometían el error de enfocar la totalidad de la historia a través de los ojos de una niña pequeña (la preciosa Georgie Henley), desenfocando al resto de los personajes y logrando un guión plano y simplista que se desarrolla con ritmo lento e irrelevante. Sobresaliente en algunos, pocos, tramos del metraje, el tono cinematográfico predominante se debatía entre leves alusiones al mundo de Tolkien y recurrentes miradas “al otro lado” de Lewis Carroll, con una puesta en escena lineal de eternas baldosas amarillas que buscan la luz de la farola entre sombras de dragones y mazmorras, y que dejaban reducida la supuesta magia de Narnia al impresionante realismo que desprenden sus animales parlantes... o al susto que pudo provocar la soberbia actuación de Tilda Swinton en los más peques de la casa. En líneas generales, se puede hablar de El León, La Bruja y el Armario como de una película intrascendental, que los más optimistas calificaron de “demasiado infantil”, que a otros nos dejó la sensación de producto inacabado –o lo que es peor- de elaborado con cierta desgana; y que, en ningún caso, podía presagiar una secuela brillante.



El Príncipe Caspian, para asombro de muchos, salva todos los errores de un torpe comienzo de las crónicas narnianas (siete en total), conteniendo un equilibrio perfecto entre los clásicos cuentos de Disney (príncipes azules, pérfidos villanos, puentes levadizos que alcanzan castillos de ensueño, veloces corceles y sabios alquimistas), y las mejores aventuras épicas de corte fantástico. Imaginen una mezcla con los mejores momentos de películas como Robin Hood, Príncipe de los Ladrones (momentazo de la cámara que sigue la trayectoria de la flecha que cruza los cielos), Timeline (pasadizos secretos que propician viajes imposibles en el espacio-tiempo) y Las Dos Torres de El Señor de los Anillos (los árboles entrando en batalla), a los que se añade un meritorio combinado de acciones que apuestan por la igualdad, la libertad y la fraternidad entre todos los seres vivos. Y es que mientras algunos críticos norteamericanos se escandalizan advirtiendo de su “peligroso contenido religioso”, llegando incluso a hablar de un disimulado “llamamiento a la guerra santa” (¡lo que hay que leer!), otros nos rendimos ante la firme propuesta que aboga por una sociedad multirracial (castores, centauros, minotauros) y pluricultural (humanos, telmarinos) que conviven en paz.



“El segundo capítulo de un sueño eterno”, como define la película uno de sus responsables, cuenta con un elaborado guión, de sólida estructura y ágiles diálogos, en el que todos los personajes encuentran un lugar privilegiado, encajando como piezas precisas de un aparatoso espectáculo de aparente sencillez. Según una máxima cinematográfica, los mejores efectos especiales son siempre aquellos que pasan desapercibidos y, en este sentido, resulta difícil convencerse de que el león no sea real, o de que los hermosos paisajes de Narnia nunca existieran tras los abrigos de algún armario ropero. Los rocambolescos, abundantes y monótonos decorados de la primera parte son sustituidos por paradisíacas localizaciones halladas en Nueva Zelanda; los tiempos muertos, protagonizados por la joven reina, que presidían la aventura anterior, quedan reducidos al espacio onírico, para priorizar un desbordante despliegue del mejor cine de acción que se ve acompañado por un impecable diseño de producción, una sobria dirección artística, un acertado montaje y una inmejorable fotografía. Con una factura impecable y una encomiable dirección técnica, la ficha artística, con una mención especial para los actores españoles, cumple con la misión principal de “hacernos creer”; mientras que el conjunto de la cinta, por su parte, con la suya, que es la de entretener.



Para el recuerdo, el grito exaltado del sumo monarca Peter, El Magnífico, en su defensa de los más débiles; la confianza depositada por la Reina Susan, La Benévola, en su arco mágico; los poderes del elixir milagroso de la Reina Lucy, La Valiente; y el don de la ubicuidad al que nos ha acostumbrado el gran Rey Edmund, El Justo. Para la curiosidad, saber que todos ellos, héroes y heroínas valerosos, son jóvenes estudiantes de un colegio británico. Para los cinéfilos, una película especialmente recomendada para los niños y para las no tan niñas; para los que creen en el poder de la palabra (o del rugido) frente al de las armas; para las que no tenemos sentido de la orientación pero sabemos hacer dos cosas diferentes al mismo tiempo; para quienes se emocionan cuando el gran Aslan, cual político español, hace poner en pie a los reyes - y a las reinas- de Narnia; para quienes saben que hay un momento para todo y momentos a los que no se puede retornar; para quienes son conscientes de no poder cambiar el pasado pero apuestan por el futuro; para los que y las que, alguna vez, nos hemos sentido imprescindibles en algún lugar maravilloso.
En pocas palabras, para un tipo de público que todavía cree que una película pueda cambiar el mundo.

EL INCREÍBLE HULK

Mucho ruido y poco cine. La secuela de Hulk nos llega en el peor formato de súper-héroe contra maxi-villano, romances de bestia y bella, y dosis innecesarias de violencia generada por ordenador.



TITULO ORIGINAL The Incredible Hulk (Hulk 2)
AÑO 2008
DURACIÓN 114 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Louis Leterrier
GUIÓN Zak Penn (Personaje: Stan Lee, Jack Kirby)
MÚSICA Craig Armstrong
FOTOGRAFÍA Peter Menzies Jr.
REPARTO Edward Norton, Liv Tyler, Tim Roth, William Hurt, Tim Blake Nelson, Ty Burrell, Stan Lee, Robert Downey Jr.
PRODUCTORA Universal Pictures / Marvel Enterprises



Hasta donde yo llego, -que es bastante cerca-, Hulk era un tipo simpático y entrañable, poquita cosa y cabezón, que pululaba por el UHF en blanco y negro de las casas. Después, con la llegada de las teles en color, el tema, -al menos, para mí-, dejó de tener su encanto, y es que el verde en spray no era un tinte demasiado apropiado para el ser humano, y los capítulos se repetían con la asombrosa monotonía del señor encantador que monta en cólera por una injusticia social, haciéndose fuerte para proteger siempre a los más débiles. Quizás por este importante mensaje, posiblemente distorsionado, de recuerdos de infancia, a algunos no nos llegue a cuadrar la propuesta de los productores de la historia que hoy comentamos, al quererle mostrar como un Dr. Jekyll y Mr. Hyde cualquiera. Quizás tenga la culpa el haberse perdido la esencia de los cómics y del personaje creado por Stan Lee y Jack Kirby para la Marvel en 1962, y es que es aquí donde confieso haber sido más fan de “Purita, Agencia Matrimonial”.

En cualquier caso, dejando a un lado la fidelidad que pueda o no guardar el Hulk-Norton de Louis Leterrier con el original, no se sabe hasta qué punto puede interesar la existencia de un súper héroe tan inimaginablemente egocéntrico en su apariencia humana como innecesariamente destructivo en su faceta de monstruo bueno. Mientras que el científico no tiene más preocupación que la de cuidar de sí mismo, procurar la cura a su mal, y su reinserción social para recuperar lo que fue suyo, no importándole abandonar en el trayecto, y a su suerte, a un fiel amigo canino (qué diferente al Will Smith de Soy Leyenda); el transformado en masa, ni mira ni repara al poner en peligro a la población, con la única finalidad de huir del aluvión de balas y proyectiles que se le viene encima; siendo en ese apogeo del yo-Yo-YO el momento en el que las cosas empiezan a funcionar, se consigue el beneplácito y hasta la admiración del rival sentimental, y nos quedamos con la chica. Valiosos valores donde los haya–si es que hay alguno- para inculcar a un público mayoritariamente menudo; que, afortunadamente, nunca reparará en el innombrable desembarco del ejército americano en tierras brasileñas.



Con un planteamiento vacío de contenido y un personaje incapaz de suscitar la más mínima empatía, las teorías del olvido inician un proceso imparable, de tal manera que si del Hulk-Eric-el Guapo sólo quedó para el recuerdo la traumática escena de una mole verdosa recorriendo el globo terráqueo cual grácil mariposilla campera, haciendo honor al título de “cineasta del mundo” del Ang Lee; de ésta, quizás, sólo perdure la visión de la descomunal gelatina en la que se transforma un inverosímil Tim Roth al “meterse” de todo y más en vena. Un muy lamentable resultado, que sólo en su primera parte deja traslucir lo que pudo ser la elaborada trama de un excelente guionista nunca acreditado como es Edward Norton, y que pronto queda frenada al no hallar un equilibrio con los artificios de pirotecnia propios de un despliegue de efectos especiales, más impresionantes al ser relatados en las notas de producción que vistos sobre la pantalla.



Los títulos de crédito, por su parte, prometen un arranque que no decepciona, para asistir al nacimiento de dos cintas diferentes que, al precio de una, resultan difíciles de unir en el caótico conjunto. La parte real, de destino incierto, propicia la inserción de numerosos, repetitivos e interminables episodios de lucha libre con improvisados escudos, ridículas escaramuzas románticas en noches de tormenta, trasnochados relatos de peregrinas irradiaciones, absurdas ansias de arquitectura paisajística propias de la dirección plana de todo artesano mediocre contemporáneo, y míticos momentos “cruzado mágico de Playtex” de la sosa protagonista, que no salvan ni las tablas de William Hurt, ni la impagable presencia del Norton que actúa.



Ni espectacular ni entretenida, a doscientas pulsaciones por minuto, el corazón humano sufre una taquicardia, el increíble doctor Banner cambia de dimensiones, y el más recio aburrimiento se apodera de la sala. Miedo da pensar en la tercera de la saga, en el reseco panorama cinematográfico que se avecina, en los efectos de la pasada huelga de guionistas, en la certeza “de tener que convertirse en una berza” que solía exclamar don Miguel de Unamuno mientras paseaba por un huerto monacal.....Demasiadas complicaciones ante lo que sólo pretendía ser un pelotazo veraniego.

miércoles, 25 de junio de 2008

ELLA ES EL PARTIDO

La tercera película de George Clooney como director obsequia con numerosos y simpáticos guiños cinéfilos al alocado mundo de Preston Sturges, a las fuertes féminas de Howard Hawks, al universo de las buenas intenciones de Frank Capra... para dar testimonio de que no quien quiere, sino quien sabe, puede homenajear.




TITULO ORIGINAL Leatherheads
AÑO 2008
DURACIÓN 114 min.
PAÍS USA
DIRECTOR George Clooney
GUIÓN George Clooney, Steven Soderbergh, Duncan Brantley, Rick Reilly, Stephen Schiff
MÚSICA Randy Newman
FOTOGRAFÍA Newton Thomas Sigel
REPARTO George Clooney, Renée Zellweger, John Krasinski, Stephen Root, Wayne Duvall, Keith Loneker, Malcolm Goodwin, Matt Bushell, Tim Griffin, Robert Baker, Nick Paonessa
PRODUCTORA Universal Pictures


Es innegable que George Clooney-actor transmite clasicismo desde todos y cada uno de los poros que pueblan su piel. Elegantemente sofisticado, atractivamente original, encantadoramente seductor, siempre estuvo tocado de ese halo de divinidad que solía envolver a los mejores galanes de la etapa dorada de Hollywood. Si hubiera que definirle con una sola palabra, es posible que la adecuada fuera la de “distinción”. El George Clooney cineasta es un ejecutor disciplinado y correcto, infatigable trabajador, de tomas precisas y detallados storyboards, con originales (que no ingeniosos) movimientos de cámara, con cierto gusto por rodar a cantantes en directo, que muestra una especial obsesión por la adaptación literal de los guiones que traslada a la pantalla. A todas luces, sólo era cuestión de tiempo que el porte clásico del actor y la probada habilidad del cineasta en la recreación de historias de época, (recordemos una nominación a los Oscars por Buenas Noches y Buena Suerte), se unieran para subirle al carro de los directores cinéfilos que necesitan homenajear a los Grandes de la Historia del Cine; y Ella es el Partido, ambientada en 1925, parecía ser la ocasión perfecta.

De esta manera, el director aspira a una técnica inspirada en los métodos de Lewis Mileston (una pretensión nada elevada, si tenemos en cuenta que éste sólo fue un modesto artesano), para revivir una de las batallas de género a las que nos acostumbró George Cukor (es decir, de ésas cuya reproducción resulta más imposible que difícil), en una comedia de Howard Hawks (equivocadísima intención desde el momento en el que “Ella” no es el sujeto de la trama, sino el predicado sobre el que recae la acción de un protagonista absoluto que es el fútbol...americano). El productor, por su parte, se decanta por un acercamiento a las alocadas comedias de Preston Sturges y, ya puestos, de Billy Wilder, olvidando que el gran secreto de las películas de ambos estuvo en sus incomparables guiones; mientras que el director de fotografía apuesta por un baturrillo entre Sturges y Hawks. Un planteamiento demasiado complicado que, sin embargo, nos lleva hasta una clara conclusión.



En el siglo XXI, –(emprendemos el viaje hacia la conclusión inevitable)-, es posible rodar al estilo de los años cuarenta, con cámara estática, multitud de cámaras fijas, travellings laterales que evitan los grandes movimientos de imagen, ausencia de ángulos oblicuos y de grúas en el rodaje que ofrezcan panorámicas importantes, y encuadres siempre tomados desde la perspectiva de los actores. En el siglo XXI, ese estilo se puede mejorar con efectos de digitalización, que pasan desapercibidos en una producción interesantemente artesanal. En el siglo XXI, se puede reconstruir fielmente el ambiente de los años veinte y la estética de los treinta; reproducir el vestuario, recurriendo a telas que se encuentran en desuso; diseñar el interior de trenes obsoletos; imitar el magnetismo de Cary Grant; alquilar hoteles que fueron inaugurados en 1921; intentar una aproximación hacia Barbara Stanwyck; pintar los labios de Clooney y “dejarle en tierra” en una moto con sidecar, en clara alusión a La Novia era Él; recuperar algunas de las frases “Necesitábamos un héroe, y lo creamos”, “A veces, este trabajo apesta” de Juan Nadie; buscar localizaciones de la época, y hasta obtener permisos de museos en las dos Carolinas (norte y sur) para rodar. Pero en el siglo XXI, todavía no es posible resucitar a guionistas como Sturges, como Wilder, como Charles Lederer, como Leonard Spigelgass, como Hagar Wilde, como Ben Hecht, como Ruth Gordon, como Garzón Kanin, como Dudley Nichols... y resulta descabellada la idea de sustituirlos por dos periodistas deportivos, noveles en la escritura de guiones cinematográficos.



El guión de Ella es el Partido, como era de prever, dando al traste con el considerable esfuerzo del diseño de producción y con el encomiable trabajo en la dirección técnica, no aporta los diálogos ingeniosos y punzantes que distinguieron la mejor comedia clásica americana, no confiere carisma alguno a sus acertados y estereotipados personajes (rudos jugadores, representantes sin escrúpulos, reporteros borrachos y jovencitas que luchan por abrirse camino en un mundo de hombres), no garantiza la consistencia de un argumento que se eterniza en interminables partidos, de estrategias desconocidas para la gran mayoría del público español; para, en su defecto, ofrecer una historia perfecta sobre las maquinaciones de un deporte naciente, sobre la rivalidad existente entre la liga universitaria (que llena los estadios) y la profesional (que carece de prestigio), sobre las reglas inexistentes de un novedoso juego, que empiezan a establecerse mediante casuales anécdotas.



Por todo ello, el pretendido y conseguido sabor clásico de la tercera película de Clooney, (que no cuenta con la planificación de Wilder, ni con la dirección de actrices de Cukor, ni con la fortaleza de las féminas de Hawks, ni con el valor suficiente para buscar un equilibrio que hiciera accesible el producto), queda diluido en un continuo 17-29-32.... A mí que no me pregunten si es una estrategia de partido, se citan los dorsales de algunos jugadores por motivos que me son desconocidos, o simplemente se cumplimenta un boleto de la lotería primitiva.

miércoles, 18 de junio de 2008

EL INCIDENTE

M. Night Shyamalan sigue siendo el autor que nunca garantiza en sus películas la continuidad de las atractivas pinceladas que ofrecen sus tráileres, para desconcierto de algunos, disgusto de muchos y general regocijo de sus seguidores. “El Incidente” no es una excepción y sí un logrado guión de envolvente agorafobia, reglas inciertas y un puñado de planos de los que hacen historia.



TITULO ORIGINAL The Happening
AÑO 2008
DURACIÓN 90 min.
PAÍS USA
DIRECTOR M. Night Shyamalan
GUIÓN M. Night Shyamalan
MÚSICA James Newton Howard
FOTOGRAFÍA Tak Fujimoto
REPARTO Mark Wahlberg, Zooey Deschanel, John Leguizamo, Ashlyn Sanchez, Betty Buckley, Spencer Breslin, Robert Bailey Jr., Jeremy Strong, M. Night Shyamalan
PRODUCTORA 20th Century-Fox / UTV Motion Pictures / Spyglass Entertainment / Blinding Edge Pictures


El planteamiento de esta película, se observe desde el ángulo que se prefiera, no deja de sorprender. Lo realmente curioso es que mientras los guionistas del género fantástico se obstinan en seguir creando nuevos monstruos, vampiros, zombis, licántropos, arañas interdimensionales que, procedentes del espacio sideral, reacciones nucleares o ataques terroristas, consigan asustar; los verdaderos miedos son aquéllos que nos persiguen en el día a día. Claramente pertenecen al género de terror –casi gore- las últimas huelgas vividas en este país, la incesante subida del euríbor que aprieta las clavijas a los afortunados que, en 2008, todavía pueden ser propietarios de una vivienda, los precios de los carburantes y hasta de las sandías. Y, por encima de todos esos miedos, de las amenazas reales que se manifiestan a corto y medio plazo, se alza otra aún más aterradora, que da sentido a la sabia frase que Kurosawa insertara en Los 7 Samuráis: “Para qué preocuparse de la barba cuando vas a perder el cuello”. Silenciosa pero predecible, sólo afecta, de momento, a focos aislados, (“Si fuera un hecho generalizado... pero sólo se dio en la costa este de Estados Unidos, por lo que hay que culpar al Gobierno”), mas sobrevendrá a largo plazo..., y los tiempos se agotan.



En la Fase I, sólo los “escritores de películas” saben trasladar los terrores cotidianos al apartado de la ciencia ficción y, de manera sutil, emparentar con la historia que les hizo caer en desgracia ante la crítica. “El hombre se ha olvidado de escuchar”, y este hecho que fundamentó el excelente cuento, no apto para niños pero que ayudará a educarles, de La Joven del Agua, sigue intacto en el discurrir argumental del cineasta. Al dejar de escuchar, se pierde la facultad de saber hablar, y nos encontramos con “miles de millones de dólares a final de mes”, producto de un acertijo matemático mal resuelto. Al dejar de escuchar, la sofisticada tecnología creada por el hombre a lo largo de su corta estancia en la Tierra, deja de funcionar, se antoja insuficiente al predecir “las fuerzas que actúan más allá de nuestro entendimiento”, que sí perciben los animales. Ellos siguen el “orden natural”, escuchan y comprenden el medio que les da la vida, y ese respeto les hace inmunes, amén de servirle al cineasta para recrear un simpático plano –nunca mejor dicho- de mirada de perro, en la que uno de ellos se libera de su dueña. Y es que, al dejar de escuchar, las buenas intenciones del Protocolo de Kioto, se traducen en repetitivas frases sin sentido: “No sé por qué página voy”, “Debí coger la bicicleta para ir al trabajo”.



En la Fase II, sobreviene la desorientación en la que sólo los genios como Shyamalan se desenvuelven, sabiendo conducir sus insólitas ideas hasta sus últimas consecuencias, amén de ser el trampolín que utilizan para conseguir algunas de esas escenas que entran por sí solas en la historia del cine. La aparente congelación de la imagen, fruto de una puesta en escena soberbia, sólo es comparable al deambular de los rudimentarios zombis de Romero en 1968, o a la apocalíptica presentación de una ciudad hostil y demoledora que ofreció La Invasión de los Ultracuerpos de Philip Kauffman diez años más tarde. La precipitada huída por el campo, alejados de focos contaminantes y de medios de transporte que no siguen el “orden natural”, sirven de pretexto para alcanzar fotogramas memorables, cercanos a Los Chicos del Maíz de Fritz Kiersch, a El Pueblo de los Malditos de Carpenter; con claras alusiones a Los míticos Pájaros del maestro Hitchcock, con el que tantas veces se ha comparado al inigualable cineasta indio.
La fase II es la desorientación de quienes todavía creen que los planes de sostenibilidad propuestos por la Agenda Local 21 son “cosa de otros”, ya que nunca es suficiente un solo grifo que se cierra a tiempo. La desorientación que se produce en el desarrollo del que es uno de los guiones más inteligentes y logrados del cine contemporáneo, que –llevando la firma que lleva- no deja de sorprender gracias al nuevo estilo que termina acatando las reglas convencionales del thriller tradicional, apostando por las formas explícitas; sin dejar de ser fiel a un estilo irrepetible, que sigue teniendo la sugerencia de la insinuación como estandarte. Ese columpio que inicia un ligero balanceo a causa del viento...



La Tercera Fase es letal si no se han sabido observar las condiciones que rigen el “orden natural” del incidente. Éste se ve amenazado por el padre que no es capaz de ofrecer a sus hijos el sosiego que sólo encuentran cerca de sus madres. Se siente vulnerado ante el personaje (en esta ocasión, homenaje a Psicosis) que, estando en perfecta sintonía con la Naturaleza, rechaza el “orden natural” que hace del humano un ser social, buscando deliberadamente el aislamiento. La Tercera Fase, por lo tanto, exenta de héroes, sólo otorga concesiones a los supervivientes que supieron rescatar “un minuto” de sus vidas para adoptar nuevas costumbres que logren salvar las vidas de las generaciones venideras, representadas por dos finas líneas que se tiñen de rosa sobre el lavabo. En caso contrario, la persistente agresión, sólo conduciría al suicidio.

El resultado de las diferentes fases, se traduce en una de esas historias extrañamente bellas, hipnóticas desde sus inicios, que sólo requieren de “un minuto para pensar”. Decía el dios Wilder que el cine habrá cumplido su función cuando el espectador consiga olvidar, durante un par de horas, que dejó mal aparcado su vehículo. En realidad, el cine es aún más interesante cuando te hace caer en la cuenta de que ese mal aparcamiento se puede solventar.

jueves, 12 de junio de 2008

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO

Tremendamente sobrevalorada, la última película de Sidney Lumet cuenta con menos virtudes que defectos; los propios de una irregularidad constante que siempre han presidido su carrera.



TITULO ORIGINAL Before the Devil Knows You're Dead
AÑO 2007
DURACIÓN 117 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Sidney Lumet
GUIÓN Kelly Masterson
MÚSICA Carter Burwell
FOTOGRAFÍA Ron Fortunato
REPARTO Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke, Albert Finney, Marisa Tomei, Rosemary Harris, Aleksa Palladino, Michael Shannon, Amy Ryan, Brian F. O'Byrne, Lee Wilkof


No sé qué es más triste, si el hecho comprobado de que, en el año 2008, el director de Tarde de Perros sea, prácticamente, un desconocido para la gran mayoría del público; si la pretensión de algunos críticos al intentar convencer de que este hombre, alguna vez, fue un gran director. La verdad es que no se puede etiquetar con ese calificativo a un cineasta de indudable talento que, contando con interesantes argumentos y mejores repartos, siempre nos dejó a media luz. No hay continuidad de calidad en su dilatada carrera, no existe una etapa gloriosa que se continúe con una pronunciada cuesta abajo en resultados; sino una absoluta irregularidad, que alterna pocas y excelentes filmaciones con demasiados productos prescindibles. Quizás sea Sidney Lumet el ejemplo viviente de las trayectorias que cursan con mediocridad.

Antes que el Diablo sepa que has muerto, se perfilaba como la película en la que Lumet recupera los picos altos que hicieron hablar de casualidad a sus detractores. Casualidad”, insistente palabra que resonó entre la crítica americana ante un debut impactante en Doce Hombres sin Piedad y sus trabajos inmediatamente posteriores. Casualidad bajo las numerosas nominaciones nunca materializadas, casualidad para un Veredicto Final (su mejor filme) que tuvo la suerte de perder de vista a Robert Redford y, con él, los arreglos narrativos que habrían destrozado el excelente original de David Mamet. Casualidad o no, que hacen evidente que la única recuperación de la que podemos hablar es la de los viejos fantasmas que persiguen al cineasta de la llamada “Generación de la Televisión”, de un título de “autor” que no le pertenece, y de una sobrevaloración que parte de los vagos recuerdos de días mejores de príncipes en la ciudad y asesinatos en trenes perdidos en la nieve.



Entre el difícil triángulo que une el thriller psicológico, el drama familiar y el cine negro de colores, la película que hoy comentamos se adentra en un sendero tenebroso para, lejos de alcanzar el equilibrio que la hubiera salvado, manifestar que los thrillers previsibles que destruyen el encanto del factor sorpresa, se siguen llamando thrillers; que los dramas sin trasfondo ni backstory que cuentan con el suficiente aire derrotista, se siguen llamando dramas; y que cine negro es, a fecha actual, cualquier filmación que recoja un tiroteo. Nada que alegar. Es una película de Sidney Lumet, y hay nombres que todavía pesan a la hora de firmar un artículo. De esta manera, a un desprecio absoluto por la medición de los tiempos; a una desatención constante en la dosificación del argumento; a un proceso que incurre en todos los males del peor cine contemporáneo: congelación de imágenes, rebobinados de metraje, ruptura de la estructura narrativa en un relato que no lo necesita, convergencia de los principios de causalidad y fatalidad propios de los guiones de González Iñárritu, repetitivos subtítulos de “dos días antes” y “una semana después”... (sólo faltan las voces en off mal aplicadas); se les llama, según quién esté tras las cámaras, “más de lo mismo” o “aire clásico de corte vanguardista”.

Curiosamente, los fallos del “vanguardismo”no proceden tanto del guión como de una planificación técnica engañosa. El primero, que parte de una idea de dudosa originalidad – no sé por qué, a mí me recuerda a El Sueño de Casandra, pero sin chistes-, estuvo nominado a los Premios del Cine Independiente americano, es el primer trabajo de Kelly Masterson, y da pleno sentido al término “promesa incumplida”, al no cubrir las expectativas que se marca. Los personajes se diluyen y, al hacerlo, rompen con la gran baza de la credibilidad con que contaban en sus inicios, definiendo las líneas que separan al actor que da vida a un personaje con el actor que interpreta un papel.



El engaño en la planificación, por su parte, viene dado por la comodidad de ser fiel a un estilo que el director borda, y que suple sus deficiencias. No nos engañemos, Sidney Lumet no sabe contar una historia que se desarrolla en diferentes escenarios, y esa incapacidad propicia y justifica la narración “a trocicos”, evitando la acción que transcurre en espacios abiertos (hay que ver lo malo que es rodando en exteriores, con esos tintes de documental inacabado), y fomentando el dramatismo interior entendido y captado en reducidos recintos, con puesta en escena teatral centrada en la dirección de actores.

El resultado se traduce en una descompensación entre dramatismo y acción, que conduce, irremediablemente, al aburrimiento. De poco le sirve recurrir a esa dimensión de “realismo sucio”, -en este caso, moderno- por el que hace discurrir la cinta, y que tantas veces le sacó de apuros; ni los excelentes planos, fruto de haber sabido siempre colocar bien la cámara, a que nos tiene acostumbrados (recuérdese la composición que hace coincidir a Marisa Tomey, Albert Finney y Philip Seymour Hoffman, en diferentes posturas, a través de una ventana). De poco, porque el invento del “Devil” ya estaba sentenciado.



En un balance final, me quedo con Ethan Hawke –¿qué importan unas cualidades que no cumple como actor?-, y con la convicción de que esta película habría pasado totalmente desapercibida si no llevara el nombre de un legendario director.

miércoles, 4 de junio de 2008

LA NIEBLA DE STEPHEN KING

La tercera colaboración entre el director Frank Darabont y el novelista Stephen King, se traduce en una película de terror atípica dentro del panorama contemporáneo. Esta característica, que abarca desde la forma de rodar hasta la pretendida transmisión de un mensaje impropio del cine de corte fantástico, la convierten en una de las mejores historias de género de los últimos años.



TITULO ORIGINAL The Mist
AÑO 2007
DURACIÓN 127 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Frank Darabont
GUIÓN Frank Darabont (Novela: Stephen King)
MÚSICA Mark Isham
FOTOGRAFÍA Ronn Schmidt
REPARTO Thomas Jane, Alexa Davalos, Marcia Gay Harden, Nathan Gamble, William Sadler, Laurie Holden, Chris Owen, Toby Jones, André Braugher
PRODUCTORA Dimension Films / Darkwoods Productions


Antes de todo y de nada, conviene indicar que la película que hoy comentamos, en contra de lo publicado en algunos medios especializados, nada tiene que ver con La Niebla de 1980 de Carpenter, siendo una historia original de Stephen King –no un remake de ningún filme anterior-, que es llevada al cine -por vez primera- por Frank Darabont. Dicho guionista y director –preso todavía por la amarga sensación de haber malgastado un año de su vida en la creación de un guión que no vería la luz, el de la cuarta entrega de Indiana Jones, que ni siquiera le permitiría figurar en los títulos de crédito al no conseguir situar sus ideas en el porcentaje establecido por el sindicato de guionistas para tal fin-, vuelve a sus orígenes, a la época en la que, en encomiable acto altruista, los relatos de King eran vendidos a un dólar para ser llevados a la pantalla por cineastas noveles, para demostrar que esa química surgida con el novelista de Maine nunca fue fortuita. Se puede afirmar que, salvo una impresionante excepción llamada El Resplandor, claro ejemplo de película que supera al original literario, Darabont ha realizado las mejores adaptaciones de su obra y las más satisfactorias para el autor, quien nunca perdonó a Stanley Kubrick la supresión de los famosos arbustos parlantes en la flora laberíntica.

Es Frank Darabont un guionista consciente de las grandes diferencias existentes entre dos universos fascinantes –el literario y el cinematográfico- que siempre discurrirán por planos paralelos, de que las licencias y recursos que funcionan en el primero no tienen traducción literal para el segundo, de que lo verdaderamente importante en una adaptación es saber extraer la esencia de un relato que va a ser desarrollado con los elementos propios de un medio distinto. Así, en La Milla Verde, el Darabont director se acerca al buen hacer de Samuel Fuller en Corredor sin Retorno, para, en otro guiño cinéfilo, realizar una alusión directa al baile “angelical” de Ginger Rogers; frase con la que era comercializada Sombrero de Copa y adjetivo que calificaba la naturaleza del personaje central de su trama. En Cadena Perpetua, segunda de las adaptaciones de King y un clásico del cine moderno, no duda en recurrir a El Hombre de Alcatraz, de John Frankenheimer, del que homenajeará estilo y perfil de personajes, llegando incluso a transcribir de manera textual uno de sus impactantes diálogos.



Amparado en ese buen gusto por el cine clásico que le caracteriza, el comienzo de La Niebla no podía ser otro que el que hace referencia a un miedo desmedido por lo desconocido, “se teme lo que no se ve”, con el que Jacques Tourneur, por motivos puramente económicos, enfocó su mítica Mujer Pantera. “Hay algo en la niebla.....” que, por irreal e intangible, asusta y es desmentido y puesto en evidencia, a partes iguales. Sin embargo, no hay que olvidar que el relato se ubica en una época, la actual, en la que el ser humano siente una imperiosa necesidad, la de ver para creer, que hace imprescindible desvelar la naturaleza de la amenaza existente, entrando en un arquetípico y conocidísimo argumento de serie B que un guión sólido, unos diálogos brillantes y un trazado impecable de personajes consiguen elevar hasta la gran película que es. Su gran mérito no es otro que el de anteponer estos aspectos fundamentales a vanos alardes técnicos y superfluos artificios de efectos especiales, para redondear el conjunto con la superación del reto que supone la limitación de escenarios -éstos se ven reducidos a un supermercado, los vestigios de lo que fue una farmacia y el claustrofóbico interior del vehículo del protagonista- con una narración que discurre con ritmo ágil y pulso firme para, enfrascada en un exhaustivo análisis de la naturaleza humana, concluir en la temática profunda que intenta averiguar el papel del hombre en la sociedad actual. El individualismo, los conflictos personales y sus difíciles resoluciones, los consensos inalcanzables, las reacciones desesperadas en situaciones adversas y esa tendencia irracional a la autodestrucción, no nos hacen mejores que la peor de las amenazas procedentes del exterior. De fondo, las siempre polémicas sombras de arduos conceptos como la política y la religión, que fomentarán todo tipo de debates a la salida del cine. Hasta es posible que el más escéptico de los espectadores se llegue a plantear si la fe mal entendida es menos peligrosa que la ausencia absoluta de la misma.

Dentro del reparto, nos encontramos con la correcta actuación del nuevo Christopher Lambert, que no es otro que El Castigador de Jonathan Hensleigh, Thomas Jane; con el interesante Toby Jones, Truman Capote de Douglas MacGrath; y con la inquietante y acertadísima interpretación de la actriz Marcia Gay Harden, impagable secundaria que recordamos gracias a películas recientes como La Gran Estafa de Lasse Hallström.



Difícil de olvidar, con sus muchas evocaciones a El Señor de las Moscas, y con un final extraído de las mejores Historias de la Cripta, -seguramente escritas por él-, Darabont comete, sin embargo, un error imperdonable al pensar que la suya es “simplemente una película más de terror”. No lo es, y el tiempo acabará por demostrarlo.

miércoles, 28 de mayo de 2008

INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL

La ausencia de un guión solvente que cubra expectativas diecinueve años después, queda compensada por la dirección de quien, una vez más, obliga a escribir su nombre con letras de molde. El Mago que reinventó el género de aventuras en los ochenta ha vuelto.



TITULO ORIGINAL Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (Indiana Jones 4)
AÑO 2008
DURACIÓN 125 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Steven Spielberg
GUIÓN David Koepp (Historia: George Lucas, Jeff Nathanson)
MÚSICA John Williams
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
REPARTO Harrison Ford, Cate Blanchett, Shia LaBeouf, Karen Allen, John Hurt, Ray Winstone, Jim Broadbent, Ian McDiarmid, Joel Stoffer
PRODUCTORA Paramount Pictures / Lucasfilm


Un primer plano que recoge el ala de un sombrero –el sombrero- que revolotea sobre el asfalto. Una silueta inconfundible se recorta en el brillo de un vehículo militar. El punto álgido de la banda sonora creada por John Williams, una de las más representativas del cine, comienza a sonar. Indi ha regresado. Y, con él, aquellas tardes de sesión continua a la salida del colegio, siempre en la misma butaca de la fila uno, desde la que se aplaudían con más emoción las huidas imposibles de una muerte segura en la tumba egipcia. Regresa el cosquilleo por la espalda cada vez –que fueron muchas- que el atractivo profesor enlaza con su látigo la cintura de la cantante de un night club de Shangai en 1935. Regresan las ganas de gritar que Jehová se escribe con I latina, y que la O de su nombre pronto será una Ohhhhh! ante un ladrillo que zozobra. Regresa una saga que nos hizo idolatrar las salas de proyección para descubrir el cine, y con su última entrega, el reto de buscar la objetividad escondida entre tantos recuerdos.

En 1936, un burócrata del gobierno estadounidense definió al doctor Jones como un profesor de arqueología, experto en ocultismo y “conseguidor” de antigüedades raras. De alguna manera, basado en los héroes de las películas de serie B de los años cuarenta, en los ochenta nacía la leyenda que iba a reinventar el género de aventuras. De la mano del mejor cineasta de su época (Steven Spielberg), del rey Midas de la producción cinematográfica (Lucas), y de grandes guionistas-directores (Kasdan y Kaufman), En Busca del Arca Perdida ponía el listón demasiado alto a su secuelas: El Templo Maldito, considerada por muchos como una “precuela” por ser una historia que se ubica un año antes que la original, y La Última Cruzada. Sin embargo, todas conseguían aprobar con nota y seguir ganando enteros con el paso de los años, inspirando nuevas aventuras de similares características y netamente inferiores, como Tras el Corazón Verde (Robert Zemeckis, 1984), La Joya del Nilo (Lewis Teague, 1985), La Momia (Stephen Sommers, 1999) o La Búsqueda (Jon Turteltaub, 2004).



El Reino de la Calavera de Cristal busca sus orígenes para cerrar momentáneamente una historia que no admite relevos, y en la que el famoso sombrero siempre encontrará a su dueño. Así, se impone el regreso al célebre almacén del ejército americano en el que quedó perdida el Arca de los Diez Mandamientos, para rescatar personajes importantes del pasado, y permanecer fiel al formato que elevó a mito la saga. Tras un prólogo de acción trepidante, los servicios del arqueólogo serán requeridos, solicitados o exigidos, para averiguar el paradero de algún valioso objeto oculto en la memoria de la Historia, al que sólo se pueda acceder con la resolución de complejos enigmas de biblioteca y trabajos de campo no exentos de peligros inimaginables, bichos y esqueletos esparcidos por medio mundo, y guiados por la legendaria flecha roja en el mapa. Una primera toma de contacto con los villanos de turno que siempre equivocan sus objetivos, encuentros y desencuentros, tesoros nunca marcados con una “X.”.. o sí, para recupera el clásico final de suelos que se hunden, paredes que se desmoronan, malos que reciben su castigo, medio-malos que tienen la posibilidad de redimirse, y escapadas que ofrecen la certeza de que la palabra “imposible” es la marca de la casa. Ahora bien, aun cumpliéndose todas y cada una de sus principales señas de identidad, si la pregunta del millón es si ésta es la tan esperada película, la digna sucesora de la saga; la respuesta es contundente, y es que no.



El principal culpable habría que buscarlo en un guión que nunca se antojó el adecuado, que finalmente firma el guionista de la Misión Imposible de Brian de Palma, y que se deja por el camino propuestas interesantes que, en los años noventa, situaban la acción en la Atlántida, buscaban al padre de Indi en el Amazonas antes de que Sean Connery se negara a dejar una partida de golf para volver a la película, o se fijaban en la figura de Kevin Costner como sucesor. Por motivos obvios, propuestas desechadas en 2008, para recurrir a un proyecto que olvida que, históricamente, los grandes fracasos vinieron dados por guiones resultantes del picoteo de otros muchos que fueron rechazados. Entre ellos, fácil es ver la mano del director M.N. Shyamalan en el diseño de los habitantes del reino precolombino, sacados de sus seres de Señales, o en el concepto de que el conocimiento absoluto conduce a la destrucción. Un mal guión que, en líneas generales, renuncia a uno de los pilares fundamentales que hizo inmortal a la saga, que no es otro que la inclusión de pasajes de humor protagonizados por un elenco de secundarios penosamente desaprovechado, que sólo deja espacio para el desarrollo del interpretado por Cate Blanchett.
Las escenas de acción, por su parte, perfectamente resueltas desde la dirección, amparadas por un montaje prodigioso, unos efectos de sonido dignos de oscar y una impresionante dirección artística, no encuentran la réplica en una estructura narrativa que no sabe minimizar el continuo bombardeo de datos histórico-ficticios, ni restar la intensidad de los momentos culminantes que quedan tan condensados como las peores paranoias de Piratas del Caribe.



En un balance final, nos quedamos con el fotograma que presenta a Shia LaBeouf como Marlon Brando en Salvaje (1954), con un Harrison Ford que no ha perdido ni sus facultades ni su atractivo, y con la seguridad de que Indiana Jones no se merecía tan lamentable desenlace.

miércoles, 14 de mayo de 2008

CASUAL DAY

Interesante apuesta del cine español que, con una dirección técnica de sencilla composición, hace recaer la fuerza del entramado argumental sobre un reparto coral, amparado en diálogos brillantes, que configura un retrato de verosímiles personajes. Una idea arriesgada, que consigue el aprobado en Casual Day.



TITULO ORIGINAL Casual Day
AÑO 2007
DURACIÓN 94 min.
PAÍS ESPAÑA
DIRECTOR Max Lemcke
GUIÓN Daniel Remón, Pablo Remón
MÚSICA Pierre Omer
FOTOGRAFÍA Javier Palacios
REPARTO Juan Diego, Luis Tosar, Javier Ríos, Estíbaliz Gabilondo, Alberto San Juan, Arturo Valls, Álex Angulo, Carlos Kaniowsky, Secun de la Rosa, Mikel Losada, Malena Alterio, Marta Etura
PRODUCTORA El Deseo


Con la financiación de Telecinco y el apoyo del Ministerio de Cultura, del Gobierno Vasco y de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha entre otros, la segunda película del director Max Lemcke consigue ver la luz, cumpliendo un objetivo que no alcanzaba su primer largometraje, Mundo Fantástico del año 2003, que no llegaría a ser estrenado en salas comerciales. Es así como nace Casual Day, presentada por la productora de Pedro Almodóvar, y con un título importado de la práctica empresarial estadounidense destinada a fomentar las relaciones interpersonales entre los miembros que componen los recursos humanos de una gran empresa, en aras al aumento de la productividad.

Por su temática, cercana a creaciones nacionales recientes, como El Método (El Método Gronhölm, Marcelo Piñeyro, 2005) o Smoking Room (Wallovits, Roger Gual, 2002). Por su estilo irónico, extrañamente elegante y ávidamente sutil, alejada de las típicas comedias de las últimas décadas, y deudora de algunas de las historias firmadas por Rafael Azcona. En líneas generales, por su labor de difusión social, heredera del mejor cine español que, avalado por importantes originales literarios como Los Santos Inocentes (Mario Camus, 1984) o Tiempo de Silencio (Vicente Aranda, 1986), siempre fueron impagables portavoces de los diversos grupos humanos, y testigos directos de los medios hostiles que les acogían. En todos los casos, una película que invita a la reflexión sobre la deshumanización de las grandes ciudades, la vorágine del capitalismo consumista, la imposibilidad de escapar a los designios trazados por los audaces sobre los audaces que no lo son todavía, las complejas razones que llevan a aparcar las decisiones propias para acatar las impuestas y opuestas, en un otorgamiento que exhala un suspiro como única réplica. Y que a los menos profundos, en nuestra ignorancia, nos dejará la duda de si la empresa en cuestión, en la que no falta el jefe macabro de actitud paternalista, el trepa de la sexta planta, el enchufado que desaloja a la pobre chica del nivel base, el insufrible pelota que toca las narices con la lotería de Navidad cuando más trabajo tienes... tendrá algo o mucho que ver con el nombre del camión cisterna que cruza la autovía, y cuyas facturas a treinta y uno de enero animan a practicar la técnica de calefacción a vela. Sí, ésa que hiciera famosa el empleado de Mr. Scrunch de Charles Dickens.



Apetecible desde los títulos de crédito, con una agradable y bien utilizada banda sonora y un cuidado diseño de producción, Casual Day persigue los planos cortos que recogen las expresiones faciales de los protagonistas, alcanzando su único virtuosismo en el ojo verde de la siempre interesante Marta Etura emergiendo sobre los cabellos negros de la avispada Estíbaliz Gabilondo. Un encuadre fascinante, que queda en promesa al decantarse la dirección por una sobriedad que roza la sosería. Fácil es entender que el objetivo de este estilo lineal, plano, con el abuso de planos-contraplanos, que no contiene ni un solo alarde técnico ni gracia tras las cámaras, obedece al deseo de centrar la atención del espectador sobre los personajes, haciendo del guión la estrella indiscutible del rodaje, pero poco esfuerzo –o ninguno- requería intentar algún detalle para el recuerdo que obligara a salir de la monotonía que recurre sistemáticamente a repetitivos planos fijos que siempre muestran la misma imagen del caserón rural que los alberga, de los mismos arbustos de algún paraje perdido de algún lugar ¿de La Mancha?.



Con un montaje nada convincente y un reparto encabezado por ese gran señor de la escena que es el “despreciable” Juan Diego, por el “machista” Luis Tosar, el “maquiavélico” y encantador Alberto San Juan y el “insulso” Javier Ríos, que se completa con un elenco prodigioso que constituye el mayor atractivo de la cinta; el plato fuerte de Casual Day se encuentra en la historia inventada por los noveles Pablo y Daniel Remón, basado en “comentarios que solían escuchar a empleados de grandes empresas en cafeterías”. La sólida construcción de los personajes y su disección psicológica, impresionante por precisa, pronto acaban convertidas en una peligrosa arma de doble filo que amenaza la consistencia del guión al no evolucionar. Los perfiles bien definidos, el back-story perfectamente matizado con pocas pinceladas, propician un planteamiento apoteósico, un punto de arranque inmejorable que se pierde en un desarrollo tímido y sin pretensiones que parece girar sobre sí mismo sin un claro final, rehuyendo la dirección coral plena. Afortunadamente, esa falta de ilusión queda compensada en los densos y excelentes diálogos y en la creación de algunas situaciones extraídas de películas de Berlanga. Sólo hay que recordar el número de los instrumentos musicales; el numerito del oso y el madroño, en el que las justas reivindicaciones dan paso a la injusta venganza; y la visita turística que se realiza en tractor.



En un balance final, admitiendo que siempre desconfié de las intenciones silenciosas de los corredores de fondo y de los centrocampistas que proporcionan asistencias a los goleadores, me quedo con la figura comprometida de la Dama de Orleáns que, como todas las Juanas de Arco del mundo, emprende su ascenso imparable... hacia la hoguera.

miércoles, 7 de mayo de 2008

88 MINUTOS

’88 Minutos’ viene avalada por el nombre de Al Pacino, pero lo de Al Pacino no tiene nombre al dejarse embaucar en este telefilme mediocre de rancio argumento y estética videoclipera. Demasiado actor para un producto vacío.



TITULO ORIGINAL 88 Minutes
AÑO 2007
DURACIÓN 105 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Jon Avnet
GUIÓN Gary Scott Thompson
MÚSICA Edward Shearmur (AKA Ed Shearmur)
FOTOGRAFÍA Denis Lenoir
REPARTO Al Pacino, Alicia Witt, Amy Brenneman, Leelee Sobieski, Benjamin McKenzie, Deborah Kara Unger, William Forsythe, Neal McDonough, Stephen Moyer, Michael Eklund, Michal Yannai, Brendan Fletcher, Victoria Tennant
PRODUCTORA Universal Pictures


Se supone que debe de llegar un momento en el que a los actores consagrados, que nada tienen que demostrar, poco les importa que su buena reputación se vea ligada a proyectos que no cumplen ni las más mínimas expectativas de cara al público. Sobre todo, si se trata de productos engañosos, de formas atractivas y fondos vacíos que configuran esa gran habilidad que tienen algunas películas americanas para convencer.... hasta entrar en el cine. El principal engaño de 88 Minutos, nace con las frases con las que se comercializa, que hacen olvidar el hecho de ser ésta una película que no ha tenido estreno en las salas comerciales de numerosos países, para hacer volar la memoria cinéfila hacia una producción de 1950, Con las Horas Contadas de Rudolph Maté, y llegar a la conclusión de que no es ni una mala copia de Medidas Desesperadas (Barbet Schroeder , 1997) por mucho que sus responsables se atrevan a compararla con el engranaje psicológico de los personajes de Sospechosos Habituales (Bryan Singer, 1995).

Al Pacino es un psiquiatra forense del FBI que, con uno de sus informes profesionales, consigue la pena de muerte para un asesino en serie. Nueve años más tarde, cuando son pocas las horas que faltan para ser ejecutada la sentencia, una llamada telefónica le advierte de que sólo le quedan 88 minutos de vida.

A partir de este momento, ni que decir tiene que el buen médico –esto es cine americano- se convertirá en el detective de su propio asesinato, removiendo Roma con Santiago, yendo de un lugar para el otro a un ritmo frenético –en muchas situaciones, no se sabe bien para qué- con cara de “ya no estoy yo para estos trotes”, y creando una sofisticada trama de centralitas telefónicas que consiguen poner en jaque a sus desdibujados personajes, para provocar un triple objetivo: salvar su propia vida, frenar la nueva oleada de asesinatos a los que se enfrenta la ciudad, y hacer cumplir la sentencia para el ¿verdadero asesino?.



Si la sinopsis provoca la duda por aquello de que “la cosa promete por interesante”, la respuesta es que así podría haber sido, si el director se hubiera tomado en serio el encargo. Y es que lo que más sorprende de esta historia no es el hecho de que un argumento rancio, manido, explotado, agotado, haya visto la luz. Lo realmente fastidioso es que el responsable de un producto correctísimo como es En el Laberinto Rojo (con Richard Gere, en 1997), de una aventura trepidante que marcó la infancia de toda una generación (Risky Business, 1983), y de una película inolvidable cargada de referentes y de buen gusto como es Tomates Verdes Fritos (1992); se ponga a rodar, después de más de cincuenta películas en su haber, con técnicas de vídeo-clip.

Al estudiar 88 Minutos, no cabe duda de que de las mil maneras en las que se podía haber desarrollado el guión, el reputado director y productor Jon Avnet elige la peor de todas, la que rompe la acción con numerosos y continuados flashbacks; la que llama la atención con mareantes movimientos de cámara y exagerados “zooms” que marcan al protagonista; la que abusa de primeros planos que persiguen a la gran estrella; la que recorre las calles de la ciudad al más puro estilo videoclipero con estridente música de fondo; la que se muestra insuficiente en la dirección de un televisivo reparto coral, presentándole más televisivo que nunca.



Mal asunto es que un thriller no consiga transmitir ningún tipo de angustia al espectador. Lamentablemente, el “tic, tac” de la cuenta atrás no rodada en tiempo real, presenta giros que sólo pueden ser explicados por las artes adivinatorias, ésas que ponen en la mente del personaje central el recuerdo de los personajes secundarios antes de que éstos entren en escena, convenientemente aderezados por un pertinente retime fruto de la borrachera de la noche anterior.

Sin necesidad de pedir explicaciones sobre el recurrente hidroavión que toma agua -¡a santo de qué!- unas veinticuatro veces en la primera mitad de la película, sí que convendría matizar la ridícula manera de intentar confundir al respetable: Y es que, cuando todos son sospechosos, todos son sospechosos en base a sus comentarios o a las situaciones creadas para tal fin, y no por el mero hecho de acentuar sus ojos de “malo” en inverosímiles encuadres.



Todo lo cual me lleva a la conclusión de que, en atención a aquella palabra mágica, “¡Towanda!”, que se encargó de resaltar la naturaleza de los imposibles, tan sólo deseo que la próxima película de Avnet sea rodada en algún pueblo de Albacete, en el que las coberturas de los móviles van y vienen...como las olas del mar.

viernes, 2 de mayo de 2008

¡Ya estoy en el paseo de la fama!

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Pues sí, allí me encuentro gracias a Iván Villamel

Por cierto, coincido contigo en que este Paseo fue idea de algún productor que estaba harto de las estrellas, y que pensó que, en el suelo, todos las podrían pisar. Muy buena la ocurrencia, y muchas gracias, Iván.

miércoles, 30 de abril de 2008

DUEÑOS DE LA CALLE

Thriller policial absolutamente previsible, que consigue entretener con una acertada planificación de las escenas de acción, y mantiene la atención gracias a un historia que antepone el “viaje” al “destino”, como en los mejores filmes “noir”.




TITULO ORIGINAL Street Kings
AÑO 2008
DURACIÓN 109 min.
PAÍS USA
DIRECTOR David Ayer
GUIÓN James Ellroy, Kurt Wimmer, Jamie Moss (Historia: James Ellroy)
MÚSICA Graeme Revell
FOTOGRAFÍA Gabriel Beristain
REPARTO Keanu Reeves, Hugh Laurie, Chris Evans, Forest Whitaker, Naomie Harris, Terry Crews, Common, Amaury Nolasco, Cedric the Entertainer, Jay Mohr
PRODUCTORA Fox Searchlight Pictures / Millennium Films / Regency Enterprises / Yari Film Group


¡Qué guapo-guapísimo-guapérrimo que es Keanu Reeves!, y qué forma tan poco seria y convencional de comenzar una crítica cinematográfica que, en realidad, debería ir encaminada ¿por qué no? a desenmarañar las claves del Cine Negro, del género por excelencia, del que tantas referencias contiene para entender la Historia del séptimo arte. De un universo, fascinante para muchos cinéfilos, que tan difícil resulta de delimitar a pesar de que los eruditos en la materia se hayan encargado de enumerar sus múltiples características; a pesar de que los señores de la Nouvelle Vague indicaran un título de referencia, Historia de una Detective, que contenía sus principales elementos; a pesar de que el cineasta Coppola, en una ejemplar ejercicio de síntesis, dijera aquello de que “los secretos de los salones de té salen a la calle”. Un mundo enrevesado que suele anteponer el “viaje” al “destino”, las desventuras del detective “huele-braguetas” y los engaños a los que se ve sometido en una tela de araña en la que nada es lo que parece, al resultado final del cómo, el porqué, o el quién mató a quién. Un aspecto, este último, muy importante, que logra explicar el principal atractivo de Dueños de la Calle, por ser el motivo fundamental que salva un producto viciado desde sus orígenes.



En una precrítica, -que no es otra cosa que un “hablar por no estar callados” de una película que todavía no se ha visto-, me atreví a asegurar que éste sería el claro ejemplo de un excelente argumento (la historia pertenece al creador de L.A. Confidential y guionista de La Dalia Negra) que había tenido la mala suerte de topar con un director que supo convertir una mítica serie televisiva, Los Hombres de Harrelson, en un bodrio fílmico. Al salir del cine, admito mi error, y es que el menor de los males se encuentra en la dirección, siendo éste atribuible a la adaptación de un guión que, por exigencias de los productores, “salta de época” para trasladar los disturbios raciales de la ciudad de Los Ángeles en 1992 hasta nuestros días. En aquella fecha, un jurado compuesto por blancos, absuelve a cuatro agentes de policía de la paliza propinada a un delincuente de color, lo que provoca enfrentamientos y revueltas bajo una oleada de terror.

Dieciséis años después, se minimizan, hasta desaparecer, las diferencias étnicas, que se reducen a frases sin sentido dentro del contexto que los contiene, como “eres un racista por disparar sobre los coreanos” o “malditos blancos de m.”; para centrarse en la brutalidad policial de quienes nos protegen que, de alguna manera, queda justificada en la figura del héroe que, por casualidad, llega al corazón de corruptela a destruir. Se abre entonces, para el enriquecimiento argumental, un doble frente por el que desciende el protagonista en una película hecha a su medida. Y es que Reeves, penúltimo de los actores que todavía conserva la magia de los galanes del cine clásico, sabe enamorar –como ninguno- bajo el papel del policía de métodos cuestionables que actúa al margen de la ley; y puede convencer –como pocos- gracias a una inexpresividad que le viene de serie, en la caracterización de un personaje “más tonto que los otros” que se lanza al proceso de redención ajeno al desarrollo de los acontecimientos.



Los espectadores, que no saben reconocer un 2-11 antes de que se presente ni actuar por causas de fuerza mayor a la velocidad del relámpago, sí que podrán desarticular la totalidad de la trama desde el minuto número ocho de metraje. Gracias a un guión de diálogos brillantes que, sin embargo, se encarga de insertar comentarios demasiado explícitos (“Por tu propio bien, no te alejes demasiado o no podré rescatarte”), y por culpa de una dirección de actores tan cuestionable como las técnicas del “guapérrimo”; los falsos buenos y los falsos malos dejan de ser malos y buenos para ser, simplemente, falsos. Sólo que, en contra de lo que cabría suponer, los descarados -y no intencionados- previsibles giros, logran sobrevivir en medio de apoteósicas escenas de acción y de planificaciones milimétricas que, en no pocos momentos, quedan desvirtuados por el lamentable montaje que las recopila.

Con sus continuos guiños cinéfilos: “Alégrame el día” de Clint el sucio (Don Siegel, 1971), “¿Conoces la historia de Serpico, el policía que..?” (Sydney Lumet, 1973), y las continuas alusiones a “El Tercer Hombre” que puede que nunca haya existido, (Carol Reed, 1949); Dueños de la Calle discurre por la estela del mejor cine policíaco; con un interesante encuadre de primeros planos, un duelo interpretativo recogido en planos-contraplanos dignos de mención, y un mimo por los detalles que no nos dejan indiferentes; para llegar a un resultado claramente inferior al de las producciones de temática similar de los años 70.




Y, en un balance final, en el que sería imperdonable dejar de mencionar la siempre eficaz actuación del último rey de Escocia, la excelente interpretación del médico capullo, y la impagable presencia de otro “guapérrimo”, Chris Evans; me atrevo a recomendar la película de Ayer (apellido del director). Aunque, no se engañen, siempre hubo críticos a los que les gustó presumir de la impunidad que gozan los policías del departamento de Los Angeles; y es que, en demasiadas ocasiones, “no importa lo que suceda, sino cómo se escriba”.

miércoles, 23 de abril de 2008

ELEGY

En un satisfactorio “Dios los cría y ellos los juntan”, tres productores norteamericanos consiguen reunir, en una misma película, la limpieza técnica de la directora Isabel Coixet, la obra del Premio Pulitzer Philip Roth, la adaptación de uno de los mejores guionistas de las últimas décadas, y un reparto de lujo.
¿El resultado?, ¡No se la pierdan!.




TITULO ORIGINAL Elegy
AÑO 2008
DURACIÓN 108 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Isabel Coixet
GUIÓN Nicholas Meyer (Novela: Philip Roth)
MÚSICA Varios
FOTOGRAFÍA Jan Claude Larrieu
REPARTO Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper, Patricia Clarkson, Peter Sarsgaard, Deborah Harry, Charlie Rose, Antonio Cupo, Sonja Bennett, Chelah Horsdal
PRODUCTORA Lakeshore Entertainment


A mí me hacen mucha gracia los comentarios que surgen cada vez que una (un) cineasta española (español) saca los pies del tiesto y alcanza el reconocimiento internacional. Sí, ese tipo de reconocimiento que existe más allá de las subvenciones y de las envidias solapadas de un país de lunes al sol. Y me hacen mucha gracia porque llega un momento en el que estos comentarios, que suelen girar en torno a un eterno “sí, pero no”, dejan de afectar a la (al) cineasta en cuestión, para salpicar de lleno a “sus críticos acérrimos”.Se plantea entonces, por la parte que nos toca, la ardua tarea de intentar explicar a los que tanto saben de cine que, lejos de limitarnos a contemplar la “temática repetitiva de drama intimista” que ellos ven en la filmografía de una directora que siempre ha llamado nuestra atención, los acérrimos preferimos argumentar y recordar.

Recordar que existieron grandes directores, como Huston o como Mankiewicz que, además, eran excelentes guionistas y mejores dialoguistas, que podían “encerrar” a dos actores en medio de la nada para, sin más alicientes, contar una historia que supiera captar la atención del espectador desde el principio hasta el final. Por ello, quienes no sabemos lo que es el cine, pero lo reconocemos en cuanto lo vemos, sabemos apreciar tal proeza, casi imposible e impensable en el panorama contemporáneo, en cuanto ésta se presenta. Guiones sólidos sin fisuras, historias honestas que pasan a través del narrador para llegar en estado puro a los espectadores, habilidades técnicas de una limpieza irreprochable, primeros planos que son el sueño de toda actriz y de todo actor, impecable precisión que perfila los distintos personajes y sus evoluciones, sorpresas metafóricas, diálogos brillantes... las conjunciones perfectas que abarca una escritora de películas que sabe crear imágenes únicas; las argumentaciones que empleamos los “acérrimos” para reivindicar que, no en vano, nos encandila el cine de esta mujer.



The Dying Animal es un relato corto del laureado y aclamado novelista Phliph Roth, que explora la dicotomía de Eros y Thanatos, y que es adaptada para el cine por el director y guionista Nicholas Meyer (Los Pasajeros del Tiempo, 1979), quien ya adaptara con éxito La Mancha Humana, del mismo novelista, que sería interpretada por Anthony Hopkins y Nicole Kidman; disipando, de este modo, el miedo a que el guión que iba a ser dirigido por la española (el primero de su carrera que ella no firma), no contara con la suficiente consistencia que le permitiera desarrollar su magnetismo fílmico.

En un intenso flashback, de inclusión imperceptible, que busca la espalda del protagonista para encontrar la lluvia intensa que barre los cristales, el cínico, realista o infantil estudioso de los orígenes del hedonismo americano, que habla como Cary Grant con La Muerte en Los Talones, intenta aprender que, como dijera Bette Davis, la vejez no está hecha para los cobardes, y es que hay que dejar de preocuparse por envejecer para intentar madurar. Un barco, quizás a la deriva, que navega por el amor a la independencia, no exenta de sacrificios; que reposta en la sexualidad no comprometida que le depara quien no consigue mantener las formalidades que reclama; que zozobra ante la hipocresía que distingue entre el adulterio ajeno, capricho de libertinos, y el propio como un estado maravilloso con música de oboe; que encalla en la playa del poeta que no sabe qué es la poesía, pero la reconoce en cuanto la oye; y naufraga ante la obra de arte que puede ser comprada pero no poseída, porque, de alguna manera, son las obras de artes las que poseen a quienes las compran.



Los amigos se aceptan tal y como son, los planos desenfocados y los giros bruscos de cámara anticipan los acontecimientos. La belleza exterior hace invisible o ininteligible el mundo interior, la transformación del personaje que interpreta Penélope Cruz, traspasa el corazón. En los momentos difíciles siempre se busca a aquella persona que nos amó, los planos subjetivos que recrean un falso flashforward resultan magistrales. Cuando haces el amor con una mujer, te vengas de todas las cosas que te han derrotado en la vida, mientras la belleza visual de las escenas que transmiten la odiosa sensación de celos perduran en el recuerdo. Ella se aparta el flequillo de la cara, él le sonríe, y el embelesamiento hace partícipes a quienes sólo podemos admirarles. Dentro de diez años, volveremos a leer el libro y será diferente, porque nosotros habremos cambiado, pero la correcta utilización de la voz en off de esta película siempre será sobresaliente.

Y, entre relatos de Kafka, Majas de Goya, Meninas de Velázquez y nuevas fotografías tomadas junto al mar como modernos cuadros de Soroya, se puede explicar a los detractores que Elegy es una buena película porque tiene el sustento de un gran guión y la ejecución precisa de una virtuosa tras las cámaras, pero nunca que es el cine, ¡maldito traidor! el que, a veces, sólo a veces, golpea duro en el alma.