Interesante apuesta del cine español que, con una dirección técnica de sencilla composición, hace recaer la fuerza del entramado argumental sobre un reparto coral, amparado en diálogos brillantes, que configura un retrato de verosímiles personajes. Una idea arriesgada, que consigue el aprobado en Casual Day. 
TITULO ORIGINAL Casual Day
AÑO 2007
DURACIÓN 94 min.
PAÍS ESPAÑA
DIRECTOR Max Lemcke
GUIÓN Daniel Remón, Pablo Remón
MÚSICA Pierre Omer
FOTOGRAFÍA Javier Palacios
REPARTO Juan Diego, Luis Tosar, Javier Ríos, Estíbaliz Gabilondo, Alberto San Juan, Arturo Valls, Álex Angulo, Carlos Kaniowsky, Secun de la Rosa, Mikel Losada, Malena Alterio, Marta Etura
PRODUCTORA El Deseo
Con la financiación de Telecinco y el apoyo del Ministerio de Cultura, del Gobierno Vasco y de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha entre otros, la segunda película del director Max Lemcke consigue ver la luz, cumpliendo un objetivo que no alcanzaba su primer largometraje, Mundo Fantástico del año 2003, que no llegaría a ser estrenado en salas comerciales. Es así como nace Casual Day, presentada por la productora de Pedro Almodóvar, y con un título importado de la práctica empresarial estadounidense destinada a fomentar las relaciones interpersonales entre los miembros que componen los recursos humanos de una gran empresa, en aras al aumento de la productividad.
Por su temática, cercana a creaciones nacionales recientes, como El Método (El Método Gronhölm, Marcelo Piñeyro, 2005) o Smoking Room (Wallovits, Roger Gual, 2002). Por su estilo irónico, extrañamente elegante y ávidamente sutil, alejada de las típicas comedias de las últimas décadas, y deudora de algunas de las historias firmadas por Rafael Azcona. En líneas generales, por su labor de difusión social, heredera del mejor cine español que, avalado por importantes originales literarios como Los Santos Inocentes (Mario Camus, 1984) o Tiempo de Silencio (Vicente Aranda, 1986), siempre fueron impagables portavoces de los diversos grupos humanos, y testigos directos de los medios hostiles que les acogían. En todos los casos, una película que invita a la reflexión sobre la deshumanización de las grandes ciudades, la vorágine del capitalismo consumista, la imposibilidad de escapar a los designios trazados por los audaces sobre los audaces que no lo son todavía, las complejas razones que llevan a aparcar las decisiones propias para acatar las impuestas y opuestas, en un otorgamiento que exhala un suspiro como única réplica. Y que a los menos profundos, en nuestra ignorancia, nos dejará la duda de si la empresa en cuestión, en la que no falta el jefe macabro de actitud paternalista, el trepa de la sexta planta, el enchufado que desaloja a la pobre chica del nivel base, el insufrible pelota que toca las narices con la lotería de Navidad cuando más trabajo tienes... tendrá algo o mucho que ver con el nombre del camión cisterna que cruza la autovía, y cuyas facturas a treinta y uno de enero animan a practicar la técnica de calefacción a vela. Sí, ésa que hiciera famosa el empleado de Mr. Scrunch de Charles Dickens. 
Apetecible desde los títulos de crédito, con una agradable y bien utilizada banda sonora y un cuidado diseño de producción, Casual Day persigue los planos cortos que recogen las expresiones faciales de los protagonistas, alcanzando su único virtuosismo en el ojo verde de la siempre interesante Marta Etura emergiendo sobre los cabellos negros de la avispada Estíbaliz Gabilondo. Un encuadre fascinante, que queda en promesa al decantarse la dirección por una sobriedad que roza la sosería. Fácil es entender que el objetivo de este estilo lineal, plano, con el abuso de planos-contraplanos, que no contiene ni un solo alarde técnico ni gracia tras las cámaras, obedece al deseo de centrar la atención del espectador sobre los personajes, haciendo del guión la estrella indiscutible del rodaje, pero poco esfuerzo –o ninguno- requería intentar algún detalle para el recuerdo que obligara a salir de la monotonía que recurre sistemáticamente a repetitivos planos fijos que siempre muestran la misma imagen del caserón rural que los alberga, de los mismos arbustos de algún paraje perdido de algún lugar ¿de La Mancha?.
Con un montaje nada convincente y un reparto encabezado por ese gran señor de la escena que es el “despreciable” Juan Diego, por el “machista” Luis Tosar, el “maquiavélico” y encantador Alberto San Juan y el “insulso” Javier Ríos, que se completa con un elenco prodigioso que constituye el mayor atractivo de la cinta; el plato fuerte de Casual Day se encuentra en la historia inventada por los noveles Pablo y Daniel Remón, basado en “comentarios que solían escuchar a empleados de grandes empresas en cafeterías”. La sólida construcción de los personajes y su disección psicológica, impresionante por precisa, pronto acaban convertidas en una peligrosa arma de doble filo que amenaza la consistencia del guión al no evolucionar. Los perfiles bien definidos, el back-story perfectamente matizado con pocas pinceladas, propician un planteamiento apoteósico, un punto de arranque inmejorable que se pierde en un desarrollo tímido y sin pretensiones que parece girar sobre sí mismo sin un claro final, rehuyendo la dirección coral plena. Afortunadamente, esa falta de ilusión queda compensada en los densos y excelentes diálogos y en la creación de algunas situaciones extraídas de películas de Berlanga. Sólo hay que recordar el número de los instrumentos musicales; el numerito del oso y el madroño, en el que las justas reivindicaciones dan paso a la injusta venganza; y la visita turística que se realiza en tractor. 
En un balance final, admitiendo que siempre desconfié de las intenciones silenciosas de los corredores de fondo y de los centrocampistas que proporcionan asistencias a los goleadores, me quedo con la figura comprometida de la Dama de Orleáns que, como todas las Juanas de Arco del mundo, emprende su ascenso imparable... hacia la hoguera.
miércoles 14 de mayo de 2008
CASUAL DAY
miércoles 7 de mayo de 2008
88 MINUTOS
’88 Minutos’ viene avalada por el nombre de Al Pacino, pero lo de Al Pacino no tiene nombre al dejarse embaucar en este telefilme mediocre de rancio argumento y estética videoclipera. Demasiado actor para un producto vacío.
TITULO ORIGINAL 88 Minutes
AÑO 2007
DURACIÓN 105 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Jon Avnet
GUIÓN Gary Scott Thompson
MÚSICA Edward Shearmur (AKA Ed Shearmur)
FOTOGRAFÍA Denis Lenoir
REPARTO Al Pacino, Alicia Witt, Amy Brenneman, Leelee Sobieski, Benjamin McKenzie, Deborah Kara Unger, William Forsythe, Neal McDonough, Stephen Moyer, Michael Eklund, Michal Yannai, Brendan Fletcher, Victoria Tennant
PRODUCTORA Universal Pictures
Se supone que debe de llegar un momento en el que a los actores consagrados, que nada tienen que demostrar, poco les importa que su buena reputación se vea ligada a proyectos que no cumplen ni las más mínimas expectativas de cara al público. Sobre todo, si se trata de productos engañosos, de formas atractivas y fondos vacíos que configuran esa gran habilidad que tienen algunas películas americanas para convencer.... hasta entrar en el cine. El principal engaño de 88 Minutos, nace con las frases con las que se comercializa, que hacen olvidar el hecho de ser ésta una película que no ha tenido estreno en las salas comerciales de numerosos países, para hacer volar la memoria cinéfila hacia una producción de 1950, Con las Horas Contadas de Rudolph Maté, y llegar a la conclusión de que no es ni una mala copia de Medidas Desesperadas (Barbet Schroeder , 1997) por mucho que sus responsables se atrevan a compararla con el engranaje psicológico de los personajes de Sospechosos Habituales (Bryan Singer, 1995).
Al Pacino es un psiquiatra forense del FBI que, con uno de sus informes profesionales, consigue la pena de muerte para un asesino en serie. Nueve años más tarde, cuando son pocas las horas que faltan para ser ejecutada la sentencia, una llamada telefónica le advierte de que sólo le quedan 88 minutos de vida.
A partir de este momento, ni que decir tiene que el buen médico –esto es cine americano- se convertirá en el detective de su propio asesinato, removiendo Roma con Santiago, yendo de un lugar para el otro a un ritmo frenético –en muchas situaciones, no se sabe bien para qué- con cara de “ya no estoy yo para estos trotes”, y creando una sofisticada trama de centralitas telefónicas que consiguen poner en jaque a sus desdibujados personajes, para provocar un triple objetivo: salvar su propia vida, frenar la nueva oleada de asesinatos a los que se enfrenta la ciudad, y hacer cumplir la sentencia para el ¿verdadero asesino?.
Si la sinopsis provoca la duda por aquello de que “la cosa promete por interesante”, la respuesta es que así podría haber sido, si el director se hubiera tomado en serio el encargo. Y es que lo que más sorprende de esta historia no es el hecho de que un argumento rancio, manido, explotado, agotado, haya visto la luz. Lo realmente fastidioso es que el responsable de un producto correctísimo como es En el Laberinto Rojo (con Richard Gere, en 1997), de una aventura trepidante que marcó la infancia de toda una generación (Risky Business, 1983), y de una película inolvidable cargada de referentes y de buen gusto como es Tomates Verdes Fritos (1992); se ponga a rodar, después de más de cincuenta películas en su haber, con técnicas de vídeo-clip.
Al estudiar 88 Minutos, no cabe duda de que de las mil maneras en las que se podía haber desarrollado el guión, el reputado director y productor Jon Avnet elige la peor de todas, la que rompe la acción con numerosos y continuados flashbacks; la que llama la atención con mareantes movimientos de cámara y exagerados “zooms” que marcan al protagonista; la que abusa de primeros planos que persiguen a la gran estrella; la que recorre las calles de la ciudad al más puro estilo videoclipero con estridente música de fondo; la que se muestra insuficiente en la dirección de un televisivo reparto coral, presentándole más televisivo que nunca. 
Mal asunto es que un thriller no consiga transmitir ningún tipo de angustia al espectador. Lamentablemente, el “tic, tac” de la cuenta atrás no rodada en tiempo real, presenta giros que sólo pueden ser explicados por las artes adivinatorias, ésas que ponen en la mente del personaje central el recuerdo de los personajes secundarios antes de que éstos entren en escena, convenientemente aderezados por un pertinente retime fruto de la borrachera de la noche anterior.
Sin necesidad de pedir explicaciones sobre el recurrente hidroavión que toma agua -¡a santo de qué!- unas veinticuatro veces en la primera mitad de la película, sí que convendría matizar la ridícula manera de intentar confundir al respetable: Y es que, cuando todos son sospechosos, todos son sospechosos en base a sus comentarios o a las situaciones creadas para tal fin, y no por el mero hecho de acentuar sus ojos de “malo” en inverosímiles encuadres.
Todo lo cual me lleva a la conclusión de que, en atención a aquella palabra mágica, “¡Towanda!”, que se encargó de resaltar la naturaleza de los imposibles, tan sólo deseo que la próxima película de Avnet sea rodada en algún pueblo de Albacete, en el que las coberturas de los móviles van y vienen...como las olas del mar.
viernes 2 de mayo de 2008
¡Ya estoy en el paseo de la fama!
miércoles 30 de abril de 2008
DUEÑOS DE LA CALLE
Thriller policial absolutamente previsible, que consigue entretener con una acertada planificación de las escenas de acción, y mantiene la atención gracias a un historia que antepone el “viaje” al “destino”, como en los mejores filmes “noir”. 
TITULO ORIGINAL Street Kings
AÑO 2008
DURACIÓN 109 min.
PAÍS USA
DIRECTOR David Ayer
GUIÓN James Ellroy, Kurt Wimmer, Jamie Moss (Historia: James Ellroy)
MÚSICA Graeme Revell
FOTOGRAFÍA Gabriel Beristain
REPARTO Keanu Reeves, Hugh Laurie, Chris Evans, Forest Whitaker, Naomie Harris, Terry Crews, Common, Amaury Nolasco, Cedric the Entertainer, Jay Mohr
PRODUCTORA Fox Searchlight Pictures / Millennium Films / Regency Enterprises / Yari Film Group
¡Qué guapo-guapísimo-guapérrimo que es Keanu Reeves!, y qué forma tan poco seria y convencional de comenzar una crítica cinematográfica que, en realidad, debería ir encaminada ¿por qué no? a desenmarañar las claves del Cine Negro, del género por excelencia, del que tantas referencias contiene para entender la Historia del séptimo arte. De un universo, fascinante para muchos cinéfilos, que tan difícil resulta de delimitar a pesar de que los eruditos en la materia se hayan encargado de enumerar sus múltiples características; a pesar de que los señores de la Nouvelle Vague indicaran un título de referencia, Historia de una Detective, que contenía sus principales elementos; a pesar de que el cineasta Coppola, en una ejemplar ejercicio de síntesis, dijera aquello de que “los secretos de los salones de té salen a la calle”. Un mundo enrevesado que suele anteponer el “viaje” al “destino”, las desventuras del detective “huele-braguetas” y los engaños a los que se ve sometido en una tela de araña en la que nada es lo que parece, al resultado final del cómo, el porqué, o el quién mató a quién. Un aspecto, este último, muy importante, que logra explicar el principal atractivo de Dueños de la Calle, por ser el motivo fundamental que salva un producto viciado desde sus orígenes.
En una precrítica, -que no es otra cosa que un “hablar por no estar callados” de una película que todavía no se ha visto-, me atreví a asegurar que éste sería el claro ejemplo de un excelente argumento (la historia pertenece al creador de L.A. Confidential y guionista de La Dalia Negra) que había tenido la mala suerte de topar con un director que supo convertir una mítica serie televisiva, Los Hombres de Harrelson, en un bodrio fílmico. Al salir del cine, admito mi error, y es que el menor de los males se encuentra en la dirección, siendo éste atribuible a la adaptación de un guión que, por exigencias de los productores, “salta de época” para trasladar los disturbios raciales de la ciudad de Los Ángeles en 1992 hasta nuestros días. En aquella fecha, un jurado compuesto por blancos, absuelve a cuatro agentes de policía de la paliza propinada a un delincuente de color, lo que provoca enfrentamientos y revueltas bajo una oleada de terror.
Dieciséis años después, se minimizan, hasta desaparecer, las diferencias étnicas, que se reducen a frases sin sentido dentro del contexto que los contiene, como “eres un racista por disparar sobre los coreanos” o “malditos blancos de m.”; para centrarse en la brutalidad policial de quienes nos protegen que, de alguna manera, queda justificada en la figura del héroe que, por casualidad, llega al corazón de corruptela a destruir. Se abre entonces, para el enriquecimiento argumental, un doble frente por el que desciende el protagonista en una película hecha a su medida. Y es que Reeves, penúltimo de los actores que todavía conserva la magia de los galanes del cine clásico, sabe enamorar –como ninguno- bajo el papel del policía de métodos cuestionables que actúa al margen de la ley; y puede convencer –como pocos- gracias a una inexpresividad que le viene de serie, en la caracterización de un personaje “más tonto que los otros” que se lanza al proceso de redención ajeno al desarrollo de los acontecimientos.
Los espectadores, que no saben reconocer un 2-11 antes de que se presente ni actuar por causas de fuerza mayor a la velocidad del relámpago, sí que podrán desarticular la totalidad de la trama desde el minuto número ocho de metraje. Gracias a un guión de diálogos brillantes que, sin embargo, se encarga de insertar comentarios demasiado explícitos (“Por tu propio bien, no te alejes demasiado o no podré rescatarte”), y por culpa de una dirección de actores tan cuestionable como las técnicas del “guapérrimo”; los falsos buenos y los falsos malos dejan de ser malos y buenos para ser, simplemente, falsos. Sólo que, en contra de lo que cabría suponer, los descarados -y no intencionados- previsibles giros, logran sobrevivir en medio de apoteósicas escenas de acción y de planificaciones milimétricas que, en no pocos momentos, quedan desvirtuados por el lamentable montaje que las recopila.
Con sus continuos guiños cinéfilos: “Alégrame el día” de Clint el sucio (Don Siegel, 1971), “¿Conoces la historia de Serpico, el policía que..?” (Sydney Lumet, 1973), y las continuas alusiones a “El Tercer Hombre” que puede que nunca haya existido, (Carol Reed, 1949); Dueños de la Calle discurre por la estela del mejor cine policíaco; con un interesante encuadre de primeros planos, un duelo interpretativo recogido en planos-contraplanos dignos de mención, y un mimo por los detalles que no nos dejan indiferentes; para llegar a un resultado claramente inferior al de las producciones de temática similar de los años 70.
Y, en un balance final, en el que sería imperdonable dejar de mencionar la siempre eficaz actuación del último rey de Escocia, la excelente interpretación del médico capullo, y la impagable presencia de otro “guapérrimo”, Chris Evans; me atrevo a recomendar la película de Ayer (apellido del director). Aunque, no se engañen, siempre hubo críticos a los que les gustó presumir de la impunidad que gozan los policías del departamento de Los Angeles; y es que, en demasiadas ocasiones, “no importa lo que suceda, sino cómo se escriba”.
miércoles 23 de abril de 2008
ELEGY
En un satisfactorio “Dios los cría y ellos los juntan”, tres productores norteamericanos consiguen reunir, en una misma película, la limpieza técnica de la directora Isabel Coixet, la obra del Premio Pulitzer Philip Roth, la adaptación de uno de los mejores guionistas de las últimas décadas, y un reparto de lujo.
¿El resultado?, ¡No se la pierdan!.
TITULO ORIGINAL Elegy
AÑO 2008
DURACIÓN 108 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Isabel Coixet
GUIÓN Nicholas Meyer (Novela: Philip Roth)
MÚSICA Varios
FOTOGRAFÍA Jan Claude Larrieu
REPARTO Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper, Patricia Clarkson, Peter Sarsgaard, Deborah Harry, Charlie Rose, Antonio Cupo, Sonja Bennett, Chelah Horsdal
PRODUCTORA Lakeshore Entertainment
A mí me hacen mucha gracia los comentarios que surgen cada vez que una (un) cineasta española (español) saca los pies del tiesto y alcanza el reconocimiento internacional. Sí, ese tipo de reconocimiento que existe más allá de las subvenciones y de las envidias solapadas de un país de lunes al sol. Y me hacen mucha gracia porque llega un momento en el que estos comentarios, que suelen girar en torno a un eterno “sí, pero no”, dejan de afectar a la (al) cineasta en cuestión, para salpicar de lleno a “sus críticos acérrimos”.Se plantea entonces, por la parte que nos toca, la ardua tarea de intentar explicar a los que tanto saben de cine que, lejos de limitarnos a contemplar la “temática repetitiva de drama intimista” que ellos ven en la filmografía de una directora que siempre ha llamado nuestra atención, los acérrimos preferimos argumentar y recordar.
Recordar que existieron grandes directores, como Huston o como Mankiewicz que, además, eran excelentes guionistas y mejores dialoguistas, que podían “encerrar” a dos actores en medio de la nada para, sin más alicientes, contar una historia que supiera captar la atención del espectador desde el principio hasta el final. Por ello, quienes no sabemos lo que es el cine, pero lo reconocemos en cuanto lo vemos, sabemos apreciar tal proeza, casi imposible e impensable en el panorama contemporáneo, en cuanto ésta se presenta. Guiones sólidos sin fisuras, historias honestas que pasan a través del narrador para llegar en estado puro a los espectadores, habilidades técnicas de una limpieza irreprochable, primeros planos que son el sueño de toda actriz y de todo actor, impecable precisión que perfila los distintos personajes y sus evoluciones, sorpresas metafóricas, diálogos brillantes... las conjunciones perfectas que abarca una escritora de películas que sabe crear imágenes únicas; las argumentaciones que empleamos los “acérrimos” para reivindicar que, no en vano, nos encandila el cine de esta mujer.
The Dying Animal es un relato corto del laureado y aclamado novelista Phliph Roth, que explora la dicotomía de Eros y Thanatos, y que es adaptada para el cine por el director y guionista Nicholas Meyer (Los Pasajeros del Tiempo, 1979), quien ya adaptara con éxito La Mancha Humana, del mismo novelista, que sería interpretada por Anthony Hopkins y Nicole Kidman; disipando, de este modo, el miedo a que el guión que iba a ser dirigido por la española (el primero de su carrera que ella no firma), no contara con la suficiente consistencia que le permitiera desarrollar su magnetismo fílmico.
En un intenso flashback, de inclusión imperceptible, que busca la espalda del protagonista para encontrar la lluvia intensa que barre los cristales, el cínico, realista o infantil estudioso de los orígenes del hedonismo americano, que habla como Cary Grant con La Muerte en Los Talones, intenta aprender que, como dijera Bette Davis, la vejez no está hecha para los cobardes, y es que hay que dejar de preocuparse por envejecer para intentar madurar. Un barco, quizás a la deriva, que navega por el amor a la independencia, no exenta de sacrificios; que reposta en la sexualidad no comprometida que le depara quien no consigue mantener las formalidades que reclama; que zozobra ante la hipocresía que distingue entre el adulterio ajeno, capricho de libertinos, y el propio como un estado maravilloso con música de oboe; que encalla en la playa del poeta que no sabe qué es la poesía, pero la reconoce en cuanto la oye; y naufraga ante la obra de arte que puede ser comprada pero no poseída, porque, de alguna manera, son las obras de artes las que poseen a quienes las compran. 
Los amigos se aceptan tal y como son, los planos desenfocados y los giros bruscos de cámara anticipan los acontecimientos. La belleza exterior hace invisible o ininteligible el mundo interior, la transformación del personaje que interpreta Penélope Cruz, traspasa el corazón. En los momentos difíciles siempre se busca a aquella persona que nos amó, los planos subjetivos que recrean un falso flashforward resultan magistrales. Cuando haces el amor con una mujer, te vengas de todas las cosas que te han derrotado en la vida, mientras la belleza visual de las escenas que transmiten la odiosa sensación de celos perduran en el recuerdo. Ella se aparta el flequillo de la cara, él le sonríe, y el embelesamiento hace partícipes a quienes sólo podemos admirarles. Dentro de diez años, volveremos a leer el libro y será diferente, porque nosotros habremos cambiado, pero la correcta utilización de la voz en off de esta película siempre será sobresaliente.
Y, entre relatos de Kafka, Majas de Goya, Meninas de Velázquez y nuevas fotografías tomadas junto al mar como modernos cuadros de Soroya, se puede explicar a los detractores que Elegy es una buena película porque tiene el sustento de un gran guión y la ejecución precisa de una virtuosa tras las cámaras, pero nunca que es el cine, ¡maldito traidor! el que, a veces, sólo a veces, golpea duro en el alma.
miércoles 16 de abril de 2008
RETRATOS DEL MÁS ALLÁ
Decir que esta especie de “Cosas que hacer en Tokio cuando buscas fantasmas”, con ínfulas de “Lost in Translation” y regusto a “Lo que la Verdad Esconde” es mala, sería hacer un favor al director japonés de “Infection”. Lo cierto es que nos hallamos ante la peor versión americana del enésimo cuento imposible asiático.
TITULO ORIGINAL Shutter
AÑO 2008
DURACIÓN 85 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Masayuki Ochiai
GUIÓN Luke Dawson
MÚSICA Nathan Barr
FOTOGRAFÍA Katsumi Yanagishima
REPARTO Joshua Jackson, Rachael Taylor, James Kyson Lee, David Denman, John Hensley, Megumi Okina
PRODUCTORA Regency Enterprises / Vertigo Entertainment 
“Las fotografías de espíritus llevan con nosotros desde el siglo XIX, es decir, desde que se inventó la fotografía. Son manifestaciones del más allá que necesitan dar un mensaje. Si no, ¿qué sentido tendrían?”.
¿Inspirar a guionistas mediocres? ¿Rentabilizar otra historia de fantasmas en el cine? ¿Amedrentar, por no decir “acojonar”, a los que encuentren manchas blancas en los revelados de sus fotografías?. Al margen de estas contestaciones, las más interesantes de un lamentable lote que se me acaba de ocurrir a voz de ¡pronto!, la verdadera respuesta habría que buscarla en la tendencia del cine asiático a unificar sus creencias ancestrales, -entre las que se encuentra la existencia de espíritus-, con la irrupción de las nuevas tecnologías. Así, los primeros habrían de llegar hasta el mundo de los vivos a través de cintas de vídeo (The Ring), teléfonos móviles (Llamada Perdida), transplantes de órganos (The Eye. Visiones), o ¿por qué no? desde instantáneas tomadas con una cámara digital. Un aspecto al que se suma el atractivo de las versiones americanas, acercando los diversos productos orientales de espectros estáticos y vengativos que amenazan a los humanos que no pueden escapar de su destino, a un público familiarizado con la fenomenología dinámica de los “poltergeists”... Y la mezcolanza de culturas en aras del horror, funcionó. Funcionó hasta el punto de que todo lo que sabe a terror asiático ha sido estudiado, copiado y perpetrado siguiendo unos inamovibles clichés que, hace tiempo, comenzaron a aburrir. 
La película que hoy comentamos, lejos de ser una excepción, se gana a pulso el premio al peor remake del enésimo cuento imposible asiático para no dormir. Basada en una cinta tailandesa, Shutter, del año 2004, que batió el récord de ingresos en las salas de su país, Retratos del Más Allá es una producción estadounidense, con director japonés, y actores principales americanos, que nada –fuera de una considerable pérdida de tiempo-tiene que ofrecer al espectador europeo; ése que ya empieza a pensar que este tipo de historias se pueden definir con la coletilla que, tradicionalmente, se ha venido aplicando a las películas porno, y que no sería otra que la de: Vista una, sobran las demás.
Masayuki Ochiai, conocido cineasta del género, incumple con el principio básico de “dar miedo”, que es sustituido con pretensiones de sensual dramatismo, burdos análisis psicológicos del forastero que reside en otro país, y por la equivocada, absurda y tediosa solemnidad que se imprime al planteamiento de un producto que irá destinado, principalmente, a los adolescentes. Fiel a un estilo que antepone los desnudos, la narración fílmica pausada hasta la exasperación, y el gusto por el melodrama que ya impulsara en proyectos como Parasite Eve (1997), deriva, en la que es su primera película americana, hacia un insólito patetismo encaminado a la pseudo-profundidad de una historia que sólo es concebida con una ración doble de palomitas.
El guionista, por su parte, un debutante obsesionado por los mangas japoneses, olvida –o no sabe- que las conexiones explicativas que desarrollan el argumento siempre han de ser posteriores a los acontecimientos. Adelantarlas de manera explícita, sin ni siquiera tener la decencia de enmascararlas en indicios improbables o en frases que sólo serán percibidas por los más avispados, delatan una preocupante falta de imaginación, incitante a la ofensa.
Ni que decir tiene que los llamados “momentos culminantes” de una película de terror, se inventan, -se reinventan, de ser necesario-, y no se limitan al plagio de refritos de otras cintas que funcionaron en taquilla. Ya no nos asustan las imágenes inquietantes e intermitentes que son recortadas en medio de la carretera y en plena noche. Nos vacunamos con el autoestopista ochentero que creó Spielberg para un episodio de Historias de la Cripta, en el que el atropellado dedicaba su tiempo post-mortem a perseguir a la atropelladora con la irrisoria e inolvidable sentencia de “gracias por el viaje, señora”. Tampoco tememos las figuras que, sentadas en una silla y de espaldas a la cámara al más puro “savoir faire Hitchcockriano”, girarán sobre sí mismas, no para descubrir el rostro enigmático de James Stewart, y sí el de un ser –llamémosle- menos llenos de vida. Nos vacunamos en una escena protagoniza por la adorable Naomi Watts, perteneciente al remake de The Ring. Y, por supuesto, esas “cosas reptantes” –en otra vida, mujeres- que pasan del suelo a las paredes para ser introducidas –por motivos que desconocemos- dentro de un cuadro, dejaron de impresionarnos en la ¿octava entrega? de La Maldición. 
De poco –de muy poco- le ha servido al director de fotografía, Katsumi Yanagijima, la “inspiración” que fue a buscar a una exposición sobre fotografía y ocultismo en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, ya no para captar las “imágenes del más allá” (título con el que se conoce este bodrio en Méjico), sino para capturar el más mínimo atractivo de la impresionante ciudad de Tokio, que es mostrada con el mismo entusiasmo de quien rueda en el callejón sin asfaltar que hay cerca de mi barrio. Por no hablar de la insulsa y repetitiva partitura que, inexplicablemente, pertenece al creador de la banda sonora del Grindhouse de Rodríguez-Tarantino; o de la interminable sucesión de planos que hace descender un vehículo por un improvisado precipicio, para situarlo frente a un árbol que se encuentra a medio metro de la calzada que lo despidió.
¿Seguimos enumerando desatinos?, Mejor no. Acabo de recordar a aquella especie de novio que tuve un vez.... y creo que un espejo y una Polaroid podrían explicar este insistente dolor en el cuello....
viernes 11 de abril de 2008
LA COSTILLA DE ADÁN (George Cukor, 1949)
-Me apetece escribir una crítica de cine clásico
-¡Pues hazlo!. ¿De qué película?
-No lo sé. ¿De qué película la hago?
-¿Y si te digo una que tú no has visto?
-Jajaja, Vale. Tengo una idea mejor, ¿por qué no me regalas una de las tuyas para mi blog?
-Tú eliges...
Esta mañana os quiero presentar un blog que lleva enlazado con Cómo Casarse con un Millonario desde el principio de los tiempos, y con él a un gran cinéfilo, mejor amigo y crítico excepcional.
La Imagen en el Alma tiene más de 300 entradas llenas de sensibilidad, sabiduría y buen cine, y es la imprescindible fuente de consulta en la que tantas veces he repostado.
No era fácil elegir una sola crítica, pero confieso que la reseña que os pongo me desarmó.
TITULO ORIGINAL Adam's Rib
AÑO 1949
DURACIÓN 101 min.
PAÍS USA
DIRECTOR George Cukor
GUIÓN Ruth Gordon & Garson Kanin
MÚSICA Miklós Rózsa
FOTOGRAFÍA George Folsey (B&W)
REPARTO Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Judy Holliday, Tom Ewell, David Wayne, Jean Hagen
PRODUCTORA Metro-Goldwyn-Mayer
ARGUMENTO: Amanda y Adam Bonner son un idílico matrimonio de abogados cuya paz conyugal se ve afectada cuando se enfrentan en el tribunal como fiscal y defensor, respectivamente, del mismo caso: una mujer es juzgada por disparar contra su marido y la amante de éste. Adam no duda en la culpabilidad de la acusada, pero Amanda basa su defensa en la igualdad de derechos.
El gran mérito de una película que trata sobre el feminismo desde una perspectiva imparcial es que sabe cuándo dar a las mujeres la razón y cuándo debe quitársela a los hombres. Y lo que es aún mejor, hacerlo poniéndonos a todos una sonrisa en la boca. Una sonrisa sana, no basada en el enfrentamiento rabioso de los sexos opuestos, sino prisionera del buen gusto, del sentido del humor elegante. Todo esto que escribo son sólo letras de la ley del éxito que no se pueden ver refrendadas si en el reparto de una película no hay dos nombres tan adecuados y sublimes en sus papeles como Katharine Hepburn y Spencer Tracy.
Más allá del hecho de que fueran pareja en la vida real, podemos intuir cómo con una simple mirada llegan a la compenetración absoluta, cómo son las dos partes de una misma persona, cómo en su mutua oposición hay un ensalzamiento de esa “pequeña” diferencia que separa a hombres de mujeres. Y lo hacen sin que esa diferencia parezca motivo de separación, todo lo contrario. Son dos intérpretes que traspasan la película de tal modo que, cuando la historia termina, tantos unos como otras tenemos la sensación de que hay que enorgullecerse de nuestras diferencias, tal vez porque si queremos eliminarlas perdemos nuestra identidad como sexo.
Antes de seguir, lean otra vez el párrafo anterior, por favor. ¿Ya? Vale. Seguimos. 
Por otro lado, en esas mismas diferencias también hay una crítica feroz a nuestras radicalizaciones. El hombre, estúpido por naturaleza. La mujer, tendencia a la suposición enfermiza. El hombre, incontrolable cuando se le escapa la mano. La mujer, escorada hacia la ridiculización del contrario. El hombre, poseedor de una ética equivocada. La mujer, poseedora de una ética equivocada…¡Ahí va! ¡Si hay algo en común!...
Sin lugar a ninguna duda, esta película es la mejor que Hepburn y Tracy hicieron juntos a través de muchos años y ocho películas de colaboración. En todas ellas, cada uno hizo gala de trazos definitorios de sus personajes con la precisión de un rostro capaz de contener en sus arrugas la lluvia de dos días como hizo él, o con la certera mirada de una boa en ayunas, como hizo ella. En cualquier caso, cuando la interpretación de dos actores de esa talla llega a ser tan minuciosamente normal, es cuando sentimos que allí mismo, en el salón de nuestra casa, se sientan dos personas que podrían ser perfectamente los vecinos de al lado que, cada uno con su versión, quieren contarnos esos problemillas que hacen defectuoso al compañero pero que, a la vez, lo convierten en la única persona a la que se puede amar durante el resto de sus días.
Así que si deciden premiarse y verla, hay un pedazo de enorme cine que va a entrar ahí mismo. Se va a acomodar en el sofá y ustedes van a ser espectadores de una función que, de tanta ironía e inteligencia, hasta podríamos decir que estas dos palabras también son masculinas. Y si acaso, cuando apaguen el televisor, hagan sus alegaciones, formulen sus protestas y exclamen lo gozosa que es una diferencia que nunca nos ha alejado si no bien al contrario, nos ha hecho estar más cerca a cada día de nuestra historia.
César Bardés
Del Blog "La imagen en el alma"