
TITULO ORIGINAL P.S., I Love You
AÑO 2007
DURACIÓN 126 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Richard LaGravenese
GUIÓN Richard LaGravenese, Steven Rogers (Novela: Cecelia Ahern)
MÚSICA John Powell
FOTOGRAFÍA Terry Stacey
REPARTO Hilary Swank, Gerard Butler, Lisa Kudrow, Harry Connick Jr., Gina Gershon, Jeffrey Dean Morgan, Kathy Bates
PRODUCTORA Alcon Entertainment / Grosvenor Park Productions / Wendy Finerman Productions.
El obsequio de gran parte de un número musical interpretado por Judy Garland para Ha Nacido Una Estrella de George Cukor, es tan sólo una muestra de los múltiples guiños cinéfilos que contiene esta comedia romántica atípica, y un gesto que no sorprende viniendo del director de A Decade under the Influence, el documental que recogió la importancia de los años setenta en el mundo del cine, con protagonistas de lujo como Martin Scorsese, Sidney Lumet, Robert Altman, Milos Forman o Sydney Pollack entre otros grandes cineastas, que supieron convencer a las productoras de lo que el cine necesitaba en ese momento, “aunque ellos no lo tuvieran tan claro”, como más tarde confesara Coppola.
El color azul del vestido de Judy y el tinte arrebolado de sus candorosas mejillas, contrastan con el primer plano en blanco y negro de unos zapatos poderosos que, en cámara ascendente y bajo un aparatoso sombrero, (ya sabemos de dónde extrajo James Cameron la espectacular presentación de Kate Winslet en Titanic), descubren el rostro clásico inconfundible de la que muchos consideran la más grande de todos los tiempos. “¿Por qué no puedo ser como Bette Davis?”, se pregunta la protagonista en medio de la desesperación, sabiendo o no que desde que John Cromwell supo que era “la mala” en Cautivos del Deseo, la totalidad de sus personajes tuvieron la grandeza de traspasar la pantalla, superando no sólo a la persona, a la película que los contenía o a la actriz, sino también al mito. Sabiendo o no que mucha de esa grandeza, de esos personajes con vida propia, se encuentran en sus caracterizaciones. Y es que sufrimos con Hilary Swank, reímos cuando ella está contenta, dejamos de respirar si se ahoga. Demasiada actriz, quizás, para una película tan injustamente tratada por la crítica.

Nada es casual ni queda vacío en el conjunto de Posdata: Te Quiero. Cada una de las referencias cinematográficas que se insertan, quedan unidas a la personalidad del personaje central, conducen su destino o anticipan los acontecimientos, rodeadas de la buena música que configura la banda sonora existente en la trayectoria vital de todo ser humano. (En este sentido, es una condena para el público español haber traducido algunas de esas canciones, que suenan a gloria en inglés). El problema es que nadie se espera un producto como éste, con un argumento que deambula entre el plano cómico de No me Mandes Flores de Norman Jewison, el plano dramático de Mi Vida sin Mí de Isabel Coixet, y el plano romántico de Ghost de Jerry Zucker, para alcanzar un insólito equilibrio difícil de asimilar y felizmente coronado en la ejecución que apuesta por imperceptibles y prolongados falshbacks (uno de sus mejores aciertos) que alternan pasado y presente, y son introducidos por la precisa voz en off procedente de las cartas de ultratumba. Todas ellas, técnicas recurrentes en cine, mal utilizadas de manera sistemática en los últimos tiempos, y sabiamente aplicadas en esta cinta, al haber encontrado el formato exacto que la historia requería.

Si se decide obviar el fino, irónico e inteligente sentido del humor que desprende su guión, es posible que resulte fastidiosa –casi escandalosa- la idea de un marido muerto que sigue controlando la vida de su joven viuda, indicándole cómo ha de vestir, dónde veranear, a qué fiestas asistir o cuándo volverse a enamorar; tanto como la terrible actitud paternalista del marido que, suponiendo perdida a su esposa durante su ausencia, sienta la necesidad de prolongar su estancia en la Tierra. Sin embargo, sería una equivocación enfocar el resultado desde esa perspectiva peregrina, para llegar a la conclusión errónea de un filme que claramente aboga por la eterna lucha de géneros o incluso el “mal lugar” en el que queda la mujer en la comedia contemporánea. No van las pistas por esos derroteros, ni es ésa la esencia del relato creado por una joven irlandesa de veintiún años, por lo que todos esos aspectos no dejan de ser simpáticas anécdotas, graciosas metáforas que desarrollan las distintas etapas del sentimiento de pérdida que siguen a la muerte de un ser querido: desde el más absoluto de los abandonos hasta la fortaleza que tuviera aquella señora de Norman Maine.

Tras un torpe comienzo que incluye una interminable escena doméstica, de doce páginas de guión, difícil de digerir por su pretensión convencional; un funeral indescriptible en el que se dan situaciones disparatadas que dejan descolocado al más escéptico; y un atisbo de falsa lentitud en el ritmo narrativo e inverosímil composición de personajes; la historia termina ofreciendo aquello que no promete: profundidad, plasmada en unos diálogos aparentemente intrascendentes, ocultos en un carrusel de emociones emergentes, pero contundentes en sus conclusiones.
Y, en medio de ese mar de sensaciones, fácil es percibir la angustia de la inmensa gama de tonos que adquiere el color gris, sabiendo qué posdata dedicar a la persona con la que, quizás por discutir mejor, decidimos compartir nuestra vida. Sencillamente, perfecta.