
En los últimos años, media Europa ha venido sufriendo las invasiones bárbaras de todo tipo de virus y retrovirus, de diversa procedencia, encargados de transformar en vecinos poco recomendables a la casi totalidad de la población. Frente a ellos, un reducido grupo de supervivientes trataba de resistir en lugares como Alemania (Resident Evil 1, 2, 3...), Gran Bretaña (28 Días Después, 28 Semanas Después, ¿28 años más tarde?) o en España ([Rec], al día siguiente), en donde las autoridades sanitarias, al activar el famoso protocolo antiterrorista, olvidaron que el padre de la angelical criaturita mordedora permanecía fuera del edificio precintado. En todos y cada uno de los casos, ha de entenderse “resistir” en el sentido literal de la palabra, anteponiendo los efectos de la técnica al guión, asegurándose el éxito de taquilla de sus miles de seguidores, en una situación crítica y crónica en la que nunca se proyectó un plan B de emergencia. Los infectados, -en otros tiempos, seres humanos-, son sólo un objetivo a abatir dentro de un argumento de claro en insólito mensaje: ninguno.
Llegado el momento en el que “Hay que iluminar la oscuridad”, el cine americano sabrá hacerlo, por mucho que nos pese, con mayor intensidad. Concretamente, con algo que se conoce como “superproducción”, en la que no duele en prendas conseguir un permiso especial, sin precedentes, para detener el tráfico en Nueva York, contratar a miembros del mismísimo ejército como extras, y planificar una evacuación real de la isla, contando con el asesoramiento y la supervisión tras las cámaras de los más altos estamentos que componen las fuerzas de seguridad del Estado. ¡Eso es América!.
Como sigue quedando dinerillo en las arcas, no se duda en contratar al mejor equipo técnico de los últimos tiempos: al director de fotografía de la trilogía de El Señor de los Anillos, al director de efectos especiales de Matrix, al guionista de Una Mente Maravillosa... ¡eso es el cine!.

La excusa de tan elaborado proyecto, que da una solución definitiva a la pandemia que venía asolando Europa sin que ésta fuera capaz de levantar cabeza, la encontramos en una novela, I am Legend, de 1954, firmada por el escritor Richard Matheson, que cuenta con dos adaptaciones cinematográficas anteriores. Es en este punto en el que no tendría ningún sentido comparar ni cotejar el resultado final de Soy Leyenda con sus predecesoras, puesto que la historia que hoy comentamos, disfrazada de odioso cine comercial, está llamada, desde el preciso momento de su concepción, a entrar en la Historia del Cine por la puerta grande. Que nadie se rasgue las vestiduras todavía, porque la explicación es fácil de entender. El espectacular despliegue de medios que fortalece la multimillonaria producción, la excelente fotografía que muestra una Quinta Avenida, nunca vista, inundada de vegetación, las conseguidas tomas aéreas que recorren la fantasmal ciudad desierta, la concentración de planos cortos aumentando la angustiosa sensación de soledad, la inestimable dirección artística basada en el más caótico de los anarquismos, el acertado flashback que aporta coherencia al relato; quedarían escritos sobre el viento si la totalidad del metraje no contara con el sustento de un sólido guión. Aún más, si la sincronización entre las imágenes y la trama no rallara la perfección.

Nos sigue pesando, pero hemos de reconocer que también ahí los americanos saben iluminar la oscuridad. Ellos son especialistas en el género de catástrofes, en situaciones al límite, en atmósferas de verdadero peligro que sólo pueden ser resueltas por acciones individuales que caracterizan su propia personalidad. No basta con combatir a los infectados, hay que sanarlos, hay que arriesgar la integridad física del súper héroe, que, -como no podía ser de otra manera-, es un prestigioso científico, experto militar, perfecto padre y esposo y, por si todo esto fuera poco, ejemplar amante de los animales. ¿Se puede pedir algo más?. Sí, y lo tenemos. Una involución en el mundo de los sentimientos, el extraordinario viaje interior que cualquier ser humano experimenta tras un proceso catártico en su vida. “Dios no ha hecho esto, sino nosotros”, y no nos asustan los monstruos de grito hipohuracando salidos de una mala versión de La Momia, pero sí el hecho de saber que no hay días libres para los maleantes que no se dejan convencer por el poder de una canción.
Nos pese o no, es necesario admitir que, entre las muchas virtudes del cine americano, se encuentra también la de saber hurgar en los corazones, la de poder dotar a una ridícula historia post-apocalíptica de zombis de un mensaje revelador. Por si algo faltara, la dirección de casting apuesta por Will Smith, rindiendo a sus detractores (entre los que me encuentro) con una actuación memorable.
Todo ello me lleva a recordar que pocas veces me he atrevido a recomendar una película, pero que, en este caso, sí que me gustaría invitar al lector cinéfilo a reparar en ésta. No se dejen llevar por el rechazo que producen las palabras “superproducción norteamericana”, piensen en ese paraíso perdido que proponía Truffaut en Fahrenheit 451, y dense la oportunidad de sacar sus propias conclusiones. Personalmente, me gusta pertenecer a esa minoría que resulta inmune al virus del odio, de la xenofobia y del racismo. Me gusta Shrek, y saber que a las personas sólo se las puede medir por dentro.