
TITULO ORIGINAL Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (Indiana Jones 4)
AÑO 2008
DURACIÓN 125 min.
PAÍS USA
DIRECTOR Steven Spielberg
GUIÓN David Koepp (Historia: George Lucas, Jeff Nathanson)
MÚSICA John Williams
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
REPARTO Harrison Ford, Cate Blanchett, Shia LaBeouf, Karen Allen, John Hurt, Ray Winstone, Jim Broadbent, Ian McDiarmid, Joel Stoffer
PRODUCTORA Paramount Pictures / Lucasfilm
Un primer plano que recoge el ala de un sombrero –el sombrero- que revolotea sobre el asfalto. Una silueta inconfundible se recorta en el brillo de un vehículo militar. El punto álgido de la banda sonora creada por John Williams, una de las más representativas del cine, comienza a sonar. Indi ha regresado. Y, con él, aquellas tardes de sesión continua a la salida del colegio, siempre en la misma butaca de la fila uno, desde la que se aplaudían con más emoción las huidas imposibles de una muerte segura en la tumba egipcia. Regresa el cosquilleo por la espalda cada vez –que fueron muchas- que el atractivo profesor enlaza con su látigo la cintura de la cantante de un night club de Shangai en 1935. Regresan las ganas de gritar que Jehová se escribe con I latina, y que la O de su nombre pronto será una Ohhhhh! ante un ladrillo que zozobra. Regresa una saga que nos hizo idolatrar las salas de proyección para descubrir el cine, y con su última entrega, el reto de buscar la objetividad escondida entre tantos recuerdos.
En 1936, un burócrata del gobierno estadounidense definió al doctor Jones como un profesor de arqueología, experto en ocultismo y “conseguidor” de antigüedades raras. De alguna manera, basado en los héroes de las películas de serie B de los años cuarenta, en los ochenta nacía la leyenda que iba a reinventar el género de aventuras. De la mano del mejor cineasta de su época (Steven Spielberg), del rey Midas de la producción cinematográfica (Lucas), y de grandes guionistas-directores (Kasdan y Kaufman), En Busca del Arca Perdida ponía el listón demasiado alto a su secuelas: El Templo Maldito, considerada por muchos como una “precuela” por ser una historia que se ubica un año antes que la original, y La Última Cruzada. Sin embargo, todas conseguían aprobar con nota y seguir ganando enteros con el paso de los años, inspirando nuevas aventuras de similares características y netamente inferiores, como Tras el Corazón Verde (Robert Zemeckis, 1984), La Joya del Nilo (Lewis Teague, 1985), La Momia (Stephen Sommers, 1999) o La Búsqueda (Jon Turteltaub, 2004).

El Reino de la Calavera de Cristal busca sus orígenes para cerrar momentáneamente una historia que no admite relevos, y en la que el famoso sombrero siempre encontrará a su dueño. Así, se impone el regreso al célebre almacén del ejército americano en el que quedó perdida el Arca de los Diez Mandamientos, para rescatar personajes importantes del pasado, y permanecer fiel al formato que elevó a mito la saga. Tras un prólogo de acción trepidante, los servicios del arqueólogo serán requeridos, solicitados o exigidos, para averiguar el paradero de algún valioso objeto oculto en la memoria de la Historia, al que sólo se pueda acceder con la resolución de complejos enigmas de biblioteca y trabajos de campo no exentos de peligros inimaginables, bichos y esqueletos esparcidos por medio mundo, y guiados por la legendaria flecha roja en el mapa. Una primera toma de contacto con los villanos de turno que siempre equivocan sus objetivos, encuentros y desencuentros, tesoros nunca marcados con una “X.”.. o sí, para recupera el clásico final de suelos que se hunden, paredes que se desmoronan, malos que reciben su castigo, medio-malos que tienen la posibilidad de redimirse, y escapadas que ofrecen la certeza de que la palabra “imposible” es la marca de la casa. Ahora bien, aun cumpliéndose todas y cada una de sus principales señas de identidad, si la pregunta del millón es si ésta es la tan esperada película, la digna sucesora de la saga; la respuesta es contundente, y es que no.

El principal culpable habría que buscarlo en un guión que nunca se antojó el adecuado, que finalmente firma el guionista de la Misión Imposible de Brian de Palma, y que se deja por el camino propuestas interesantes que, en los años noventa, situaban la acción en la Atlántida, buscaban al padre de Indi en el Amazonas antes de que Sean Connery se negara a dejar una partida de golf para volver a la película, o se fijaban en la figura de Kevin Costner como sucesor. Por motivos obvios, propuestas desechadas en 2008, para recurrir a un proyecto que olvida que, históricamente, los grandes fracasos vinieron dados por guiones resultantes del picoteo de otros muchos que fueron rechazados. Entre ellos, fácil es ver la mano del director M.N. Shyamalan en el diseño de los habitantes del reino precolombino, sacados de sus seres de Señales, o en el concepto de que el conocimiento absoluto conduce a la destrucción. Un mal guión que, en líneas generales, renuncia a uno de los pilares fundamentales que hizo inmortal a la saga, que no es otro que la inclusión de pasajes de humor protagonizados por un elenco de secundarios penosamente desaprovechado, que sólo deja espacio para el desarrollo del interpretado por Cate Blanchett.
Las escenas de acción, por su parte, perfectamente resueltas desde la dirección, amparadas por un montaje prodigioso, unos efectos de sonido dignos de oscar y una impresionante dirección artística, no encuentran la réplica en una estructura narrativa que no sabe minimizar el continuo bombardeo de datos histórico-ficticios, ni restar la intensidad de los momentos culminantes que quedan tan condensados como las peores paranoias de Piratas del Caribe.

En un balance final, nos quedamos con el fotograma que presenta a Shia LaBeouf como Marlon Brando en Salvaje (1954), con un Harrison Ford que no ha perdido ni sus facultades ni su atractivo, y con la seguridad de que Indiana Jones no se merecía tan lamentable desenlace.